Mi esposo, el Rav Berg, en una oportunidad me contó una historia sobre dos grandes amigos.
Había un hombre que fue sentenciado a muerte. Antes de que se lo llevaran, el condenado rogó al rey: “Por favor concédeme tres días para poner mis asuntos en orden y asegurarme que mi familia reciba atención”.
“¿Cómo sabré que regresarás?” preguntó el rey. Casi inmediatamente, el mejor amigo del hombre condenado levantó su mano y dijo: “Yo tomaré su lugar. Si él no regresa, puedes colgarme a mí en vez de a él”.
Tres días pasaron, y el hombre condenado no había

