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1 de febrero de 2026

Plenilunio Leo–Acuario: cuando el yo se encuentra con el nosotros

Escuela Huber <no-reply@escuelahuber.org>

El próximo domingo 1 de febrero, con el Sol en Acuario y la Luna en Leo, se configura un escenario astrológico relevante, marcado por la concentración de cinco planetas en Acuario. Esta energía plantea desafíos que requieren una gestión consciente y estratégica.

En Astrología Esotérica, Volumen I (pp. 49–50), Alicia García describe a Acuario como el undécimo signo del zodíaco y el último de la Cruz Fija, asociado simbólicamente a la preparación para una nueva era. Exotéricamente está regido por Saturno y Urano, mientras que esotéricamente

su regente es Júpiter. En su expresión no evolucionada, Acuario puede manifestarse rígido, frío o excesivamente mental; sin embargo, en su proceso evolutivo, establece contacto con el alma y se abre a la influencia de Júpiter, portador del Rayo de Amor-Sabiduría.

Esta energía invita a integrar mente y corazón, recordándonos que el uso exclusivo de la mente resulta insuficiente. Solo cuando se incluye el corazón, la razón se vuelve clara y amorosa. El símbolo de Acuario —el portador del cántaro— representa esta doble corriente: el agua que se vierte es Agua de Vida, mientras el amor-sabiduría fluye hacia el mundo, cumpliendo el pensamiento semilla: “Agua de vida soy, vertida para los sedientos”.

En su expresión más elevada, Acuario se orienta al servicio, al bien común y a la conciencia grupal, transformando el individualismo en cooperación. Su polaridad con Leo refleja la tensión entre el yo personal y la colectividad. La Era de Acuario, asociada a la precesión de los equinoccios, trae consigo ideales de fraternidad, universalidad y servicio, con el propósito final de que el alma ocupe el lugar central en la experiencia humana.

Veamos ahora qué nos depara este plenilunio.

La tensión creadora entre el corazón y la conciencia

El plenilunio Leo–Acuario ilumina con fuerza el eje entre la expresión individual y la responsabilidad colectiva, un tema central que el gráfico pone claramente de manifiesto. La Luna en Leo, reclama visibilidad emocional, autenticidad y la necesidad de ser reconocido desde el corazón. Frente a ella, el Sol en Acuario, acompañado por cuatro planetas, concentra la atención en el grupo, las ideas compartidas y los procesos de cambio que trascienden lo personal.

La acumulación de energía acuariana sugiere un momento de intensa actividad mental y social. No se trata solo de pensar diferente, sino de revisar de qué manera nuestras ideas, decisiones y actitudes impactan en el entramado colectivo. El énfasis en Acuario puede generar cierta frialdad o distancia emocional, pero la Luna en Leo viene a recordar que sin el calor del corazón, la visión pierde sentido.

Las figuras lineales reflejan la motivación de búsqueda de retos y el deseo de afirmarse como individuo frente a la necesidad de adaptarse a nuevas dinámicas grupales. Este plenilunio no busca elegir un polo y descartar el otro, sino encontrar un punto de integración. La creatividad leonina necesita un propósito más amplio, mientras que el ideal acuariano requiere encarnarse a través de personas reales, con emociones y necesidades concretas.

En este contexto, el plenilunio actúa como un espejo que nos invita a preguntarnos dónde estamos buscando validación y desde dónde estamos contribuyendo. Es una lunación que impulsa a transformar el ego en liderazgo consciente y la rebeldía en servicio, favoreciendo una expresión auténtica que, lejos de aislar, fortalezca el tejido colectivo.

La luz plena de esta Luna señala un momento de culminación y toma de conciencia: el yo solo alcanza su verdadero brillo cuando se reconoce como parte viva de un todo mayor.

Fíjate en qué ejes de casas se encuentran Leo y Acuario en tu carta; y ahí es donde tendrá este plenilunio mayor influencia.

Leo–Acuario y el eje de las relaciones: del yo creador al nosotros consciente

En astrología, el eje 5/11 describe una tensión esencial entre dos impulsos complementarios: la necesidad de expresarnos como individuos únicos y el llamado a participar activamente en la construcción colectiva. Este eje se articula a través de los signos opuestos Leo y Acuario, que representan dos formas distintas —pero inseparables— de entender la identidad y la pertenencia.

Leo encarna la fuerza creativa, el deseo de afirmación personal y la voluntad de brillar con luz propia. Acuario, en cambio, orienta esa energía hacia el pensamiento innovador, la conciencia grupal y el compromiso con ideales que trascienden al individuo. El diálogo entre ambos signos nos confronta con una pregunta clave: ¿cómo honrar nuestra singularidad sin desconectarnos del propósito común?

Vivir el eje 5/11 en lo cotidiano

Explorar la dinámica entre Leo y Acuario nos ayuda a revisar el modo en que combinamos creatividad y cooperación. Se trata de reconocer el valor de nuestros talentos personales y, al mismo tiempo, descubrir cómo ponerlos al servicio de algo más amplio. La originalidad no pierde fuerza cuando se comparte; por el contrario, puede convertirse en motor de cambio y evolución social.

La astrología ofrece un mapa simbólico para comprender estos procesos internos. Al trabajar conscientemente con el eje 5/11, aprendemos a integrar el deseo de reconocimiento con una visión solidaria del mundo, creando un equilibrio entre autenticidad personal y responsabilidad colectiva.

Entre la autoafirmación y la conciencia social

La casa 5, asociada a Leo, refleja el impulso de afirmarse como individuo. Aquí surge la necesidad de diferenciarse, de crear desde la propia voluntad y de liberarse de condicionamientos previos, marcando un camino personal.

En contraste, la casa 11, vinculada a Acuario, amplía la mirada hacia lo social. Desde esta perspectiva, la persona se reconoce como parte de una red humana más amplia, donde la cooperación, los ideales compartidos y el sentido de comunidad cobran protagonismo, tal como señala el Astroglosario de Bruno Huber. 

Eje de relaciones

Extracto del Astroglosario de Bruno Huber (traducción: Joan Solé, 2000-2007)

Formado por las casas fijas 5 y 11. Este segundo eje fijo del sistema de casas (el primero está formado por las casas 2 y 8) «regula» las relaciones humanas, la vida en común de las personas.

Aquí, entran inevitablemente en juego conceptos como la ética y la moral. En la casa 5, en la forma de actuar en su entorno personal, el individuo se comporta la mayoría de las veces según su propio código moral. En el otro lado, la élite cultural, intelectual o espiritual está en la casa 11 para la formulación, propagación y/o vigilancia de una ética válida para toda la sociedad.

Las cuatro casas fijas, esto es, los dos ejes fijos, representan formas originarias de comportamiento del ser humano individual en una sociedad. Son instrucciones de comportamiento arquetípicas, resultantes de la experiencia de la larga historia de la vida humana en común. En esta cruz, los conceptos fundamentales son «ser» y «tener».

En el eje de relaciones (5-11) lo esencial es «seralguien-en-el-mundo». El concepto «ser» se comprende como referencia social: se es valioso en relación con otros o cuando se es amado. En este eje, las fórmulas de relación son el amor y la amistad.

La casa 5, de manera análoga al signo de Leo, está caracterizada por el intenso afán de automanifestación. Aquí el individuo quiere salir de la dependencia de la familia o el colectivo (casa 4) y quiere hacerlo todo a su manera: quiere autodeterminarse.

Este afán puede alcanzar una gran intensidad y ocasionalmente puede mostrar rasgos monómanos (obsesión por uno mismo) que naturalmente producen las correspondientes reacciones en el entorno personal. La persona está dispuesta a imponer sus propias ideas y su forma de comportamiento, basadas fundamentalmente en estructuras de impulsos e instintos personales y, a menudo, intenta instaurarlas sobre sus semejantes como reglas de comportamiento de carácter obligatorio.

En la casa 5, la actitud correcta es la de la experimentación en conciencia. La persona busca la autoexperimentación.

Y las reacciones y respuestas del Tú se aceptan e integran como un reconocimiento de los propios límites. No es fácil pero, consciente o inconscientemente, a partir de la experiencia, la persona se construye una escala personal de amor y amistad, un código moral que hace posible la integración social.

Si falta esta disponibilidad a experimentar y continuar el desarrollo, la conciencia se vuelve, con el tiempo, apática (catatónica), es decir, la persona pierde la sensitividad y, como consecuencia, sólo puede ver el entorno a través de sus propias gafas, esto es, de manera parcial y reducida, y, en casos de enfermedad, puede casi perder la percepción síndrome de Nerón).

En cambio, el «claro» concepto de ser de la casa 11 es exactamente lo contrario. En ella se parte del evidente convencimiento previo de que la persona, ante todo (y, a menudo, exclusivamente), es un ser humano.

En consecuencia, en esta casa, con gran facilidad puede ignorarse o rechazarse el punto de vista de la opuesta casa 5 (que el individuo es una personalidad que también puede imponerse sola), argumentando que es un punto de vista «primitivo» (o peor, enemigo de la sociedad).

En efecto, la casa 11 se encuentra en las «aéreas» alturas del sistema de casas (de forma análoga al signo de Acuario) y en lo referente a la propia valoración también se encuentra a una elevada distancia mental de la zona motivada por los instintos de las casas de abajo.

En la casa 11, el esfuerzo se centra en obtener una perspectiva espiritual «a vista de pájaro» que permita considerar y comprender los problemas de la vida en común de las personas desde un punto de vista global.Para conseguirlo es necesario desarrollar la capacidad de diferenciación y refinar la conciencia.

Aquí, el individuo busca personas con pensamiento afín que acaban convirtiéndose en amigos.

La persona pertenece a una élite espiritual
o intelectual que, «libre de la presión de la impulsividad» puede ver las cosas desde una posición más distanciada. Y de esta manera, en un intercambio de ideas, pueden encontrarse y formularse reglas culturales y éticas válidas y obligatorias.

No obstante, la personalidad no está, a menudo, suficientemente equipada para este tipo de esfuerzos mentales, no tiene el adecuado nivel de creatividad y, por eso, debe limitarse a un ciego aprendizaje de memoria (dogma) y a las imitaciones formales (rituales) de las reglas culturales y las normas éticas. De esta manera, puede convertirse en representante y guardián de las mismas, sin haber interiorizado verdaderamente su contenido.

Con frecuencia, este tipo de desarrollo se produce debido a las exigencias y la presión de las instancias educadoras (padres, escuelas, iglesias) como sucede, por ejemplo, en el caso de la educación de «mundo sano».

De este modo puede producirse un debilitamiento o incluso un bloqueo del Yo, de forma que, finalmente, el niño sólo puede encontrar su propio valor en la identificación con los valores culturales y éticos que han sido implantados en él por la educación y en el estricto cumplimiento de las normas. Este es el punto de partida para el pensamiento elitista que, en casos extremos, puede desarrollar tendencias fanáticas e inquisitorias.

De esta manera se pierde el sentido y el verdadero significado de la casa 11, puesto que la conciencia llega a desarrollar una estructura rígida y parcial que no le permite percibir la realidad del ser humano. Entonces, semejante conciencia sólo puede mantenerse y conservarse en alguna minoría de personas con las mismas ideas (instituciones culturales, uniones políticas secretas, círculos secretos esotéricos u ocultos, escenas alternativas, congregaciones, cleros, monasterios, sectas, etc.)

El eje de relaciones es también un plano en el que se coleccionan y acumulan los valores de las experiencias de la vida humana en común, que finalmente precipitan en normas de comportamiento. Pueden convertirse tanto en características personales (casa 5) como ser formuladas en forma de leyes de validez general escritas o no escritas(casa 11).

Queda patente (la historia de las civilizaciones lo ilustra claramente) que ambas dimensiones pueden estar fuertemente enfrentadas.

Quién se identifique con la casa 11 debería dirigirse hacia la temática de la casa opuesta para experimentar la importancia que la autoexperimentación tiene para la maduración de una personalidad responsable de sí misma.

Y para que el «aventurero» de la casa 5 pueda aceptar unas normas de comportamiento válidas para todos, sus experimentos personales y su amor espontáneo deben encontrar un lugar sin tener que convertirse forzosamente en un «corsario» o en un «malhechor». Esto sólo lo puede conseguir una forma de pensar abierta que tenga en cuenta las dos dimensiones de la experiencia y el reconocimiento del eje de relaciones.

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