Sólo tenía cinco años de edad cuando se quedó huérfano y fue acogido en un monasterio. Se convirtió en novicio y con los años se hizo monje.
Tenía unas
sobresalientes dotes para la búsqueda espiritual, la comprensión de los textos
sagrados y la concentración de la mente. Además de ser muy inteligente,
destacaba, sobre todo, por ser una criatura siempre cariñosa y afable.
Cierto día el abad
hizo llamar al monje y le dijo:
—La naturaleza ha sido sumamente generosa contigo.








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