En el centro mismo de nuestra experiencia, en ese punto inamovible, axial, que la rueda vertiginosa del carrusel de los sentidos no logra dislocar, pese al asalto incesante de una y otra reacción emocional, justo allí, en ese foco interior comparable al núcleo quieto del ciclón, está situado el Observador.
El Observador nos observa sin pestañear, sin perder el hilo, divagar, juzgar o justificar; sin vergüenza, culpa, o anticipación. Funciona, simplemente, como


