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21 de febrero de 2018

¿Le importa a Dios?


por Jennifer Hoffman
12 de Febrero 2018

Mientras revisaba antiguos artículos de 2012, encontré este comentario. Aunque no estoy de acuerdo con su autora en que a Dios no le importa si sufrimos o no (porque no consideraba que estuviese recibiendo ayuda para cambiar su situación de vida), también noté que culpaba a todo el mundo de que su vida no progresara.
¿Cuántas veces hemos vociferado al Universo porque nuestros problemas no se resolvían, olvidando que somos energéticamente soberanos, que somos responsables del estado de nuestra realidad y que nuestra sanación depende de que pasemos a la acción? No necesitamos permiso de nadie para actuar, pero debemos hacerlo, comenzando por el cambio de nuestro sistema de creencias para crear la realidad alegre, amorosa y plena que deseamos. 
He aquí el comentario:
“No comparto la idea que dice: “A Dios no le importa cuánto sufres y ha hecho todo tan complicado para que te sea imposible manifestar lo que deseas”.
Pero, a pesar de mi profunda devoción y de mis meditaciones, nunca he conseguido manifestar nada. Aunque puedo identificar mis miedos, no tengo la menor idea de cómo deshacerme de ellos. Sospecho que el “proceso” de Ascensión se completó a nivel subconsciente desde hace ya tiempo. ¿Por qué el Universo no se expresa con claridad y dice: “Sufrirás terriblemente hasta que dejes de hacerlo, y no puedes hacer nada para evitarlo”. Si debemos experimentar las energías antes de poder librarnos de ellas, ¿por qué no decirlo claramente? A Dios no parece importarle en absoluto se te vuelves loco en el proceso. Estoy cansada de oír que Todo es Perfecto y que no estoy sufriendo, que sólo creo que sufro. Empiezo a pensar que, a si estas alturas ya no he aprendido lo necesario para sanarme a mi misma, quizá sea porque el maestro es malísimo. No podría haber puesto más esfuerzo en sanarme mi misma y, en cambio… Nada”. 
Después de leerlo recordé la época en que estuve desempleada, cuando no tenía dinero; dormía en un colchón en el suelo del apartamento de una amiga y me preguntaba cómo diantre había terminado así. Era inteligente, tenía una formación, experiencia, era una mujer adulta y profesional, ¿qué le había pasado a mi vida? Lloraba llamando a Dios cada noche; le decía sollozando de miedo y frustración que estaba convirtiendo mi vida en un desastre y que sólo quería volver a casa. Después me despertaba cada mañana en la misma habitación y decía: “Maldición, sigo aquí”. Hice lo mismo cada noche y cada mañana durante seis meses, porque creía que la única solución a mis problemas era una pacífica e indolora muerte durante el sueño. 
Aunque me sentía disgustada por mi situación, me molestaba aún más que Dios no me respondiera en mis peores momentos. Había sido una buena persona, ¿no merecía un poco de apoyo? ¿Por qué había un silencio absoluto en mis momentos de mayor dificultad? Recibí la respuesta en un sueño, en el cual iba a la oficina de Dios y me quejaba acerca de mi situación. El respondió enviándome a la “sala de espera” hasta que averiguase quien tenía realmente el poder sobre mi vida. Fue sueño tan perturbador que me desperté llorando, segura de que Dios me había abandonado definitivamente.
Así que, ¿qué ocurre cuando nuestras vidas se vuelven del revés y no sabemos qué hacer? ¿Le importa a Dios? Y, ¿cómo lo sabemos, si no conseguimos ayuda? En realidad, no deberíamos hacernos esa pregunta, aunque sea la primera que nos venga a la mente en situaciones así. Es imposible que estemos separados de nuestra conexión divina, pero eso no quiere decir que todo nos sea regalado. La soberanía energética requiere dos cosas: convicción y acción. 
La autora del comentario aseguraba que “mediante la más profunda devoción y la meditación no consiguió manifestar nada”, y tenía razón. Porque la ley de acción, una ley universal, afirma que debemos pasar a la acción para poder manifestar. Si bastase el deseo para crear  nuestra realidad, todos estaríamos en un lugar muy diferente, pero no es así como funciona el proceso. Aunque la meditación nos ayuda a encontrar  nuestra voz interna, lo que libera nuestro potencial y crea una verdadera transformación en nuestras vidas es dejar de enredarnos en ciclos de sanación hasta ser “perfectos” y pasar a la acción para ver qué es posible y qué no. 
La convicción es el filtro a través del cual se traduce la energía universal. Nuestras creencias se reflejan en nuestra realidad. Si no tenemos un centavo, no tenemos casa y vivimos al borde del desastre, eso no es obra de Dios, sino la consecuencia de nuestras creencias. Si estamos listos para una vida más feliz y satisfactoria, necesitamos adquirir nuevas creencias que filtren la energía de forma más positiva y beneficiosa. 
Podemos sentirnos empoderados en nuestro papel de Mártires Sanadores, quejándonos a diario de lo mal que van las cosas, lo que sólo hará que la energía continúe igual.
La autora en realidad está diciendo que tiene tanto miedo de crear una realidad de alegría, amor y paz, que prefiere permanecer en guerra consigo misma y seguir en la acusación, la vergüenza y la culpa. ¿Te has dado cuenta de que culpa a todo el mundo de su situación, incluso a los maestros? Es como preparar una comida maravillosa y no sentarse nunca a la mesa a comerla. No podemos esperar que nadie ni nada nos alimente en la mesa de nuestras bendiciones: tenemos que estar dispuestos alimentarnos por nosotros mismos, a alzar el tenedor y empezar a comer. 
Mi consejo para ella es que deje de lado la autocompasión y que examine su propio corazón. ¿Cómo es su vida cuando no está triste, cuando no tiene miedo o está sufriendo? No lo sabe, y tiene miedo de saberlo, pero hasta que no lo haga, no saldrá de los ciclos de sanación que ha creado para evitar que su vida siga adelante. 
Esta alternativa resulta difícil cuando nuestro poder depende del sufrimiento que vivimos. Yo sentí lo mismo hace mucho tiempo. Tras quedarme inválida debido a una vacuna y pasar cinco años de mi infancia sin poder moverme ni caminar, tenía mucho de lo que quejarme (he escrito al respecto en mi libro “De víctima a vencedor”). Aunque me curé de la parálisis y volví a caminar, necesite décadas para sanar la conciencia de víctima que creé a partir de esa experiencia. Al final, comprendí que compartir mi historia de sufrimiento sólo recreaba una realidad de sufrimiento. Lo que realmente temía era ser feliz, tener éxito,  sentirme satisfecha y perderlo todo de pronto, como me sucedió con la parálisis. 
Llámalo como quieras: conquistar, superar, liberar, resistir o sanar tu miedo. Pasar de ser una víctima a ser un vencedor es una elección. Como lo es dejar de estar triste, temeroso y enfadado para experimentar la alegría, el empoderamiento, la libertad y la paz. El coste de esa elección es vernos a nosotros mismos libres del miedo y viviendo una vida dichosa.
Pero si nos sentimos poderosos siendo víctimas, entonces nos va costar mucho encontrar una nueva fuente de poder, una que realmente nos empodere, nos inspire y nos satisfaga. Debemos comprender que la sensación de un poco de éxito y alegría a corto plazo nunca compensará la infelicidad y el fracaso a largo plazo. 
¿Puedes trascender tu historia de víctima para crear una realidad más empoderada?
 Apenas hay un paso entre la oscuridad de la desesperación y la luz de la verdad que realmente somos: una poderosa chispa de la divinidad, la Luz de la Fuente en acción que logrará ese cambió.
Es un desafío que ahora todos afrontamos y un gran salto hacia nuestra propia soberanía energética. Pero también marca el siguiente punto de giro en este ciclo de Ascensión, mientras continuamos el proceso de integración de 3D/5D, creando nuestro propio Cielo en la Tierra y expandiendo esa luz al mundo. 

Jennifer Hoffmann

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Derechos de autor reservados © 2017 por Jennifer Hoffman. Pueden citar, traducir, reimprimir o referirse a este mensaje si mencionan el nombre de la autora e incluyen un vínculo de trabajo a: http://enlighteninglife.com

Traducción: Rosa García
Difusión: El Manantial del Caduceo en la Era del Ahora
http://www.manantialcaduceo.com.ar/libros.htm
https://www.facebook.com/ManantialCaduceo

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