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4 de octubre de 2018

Peligrosas costumbres nacionales


Alejandro Lodi
(Octubre 2018)

Quizás las claves más relevantes de las conductas sociales y del pensamiento político, antes que ideológicas, resulten psicológicas. Antes que una cuestión intelectual o filosófica, una meditación de la historia de los humanos en comunidad involucre lo emocional, lo psíquico y lo espiritual.
En astrología aplicada a países, la Luna simboliza los hábitos culturales. El estadio lunar  del desarrollo de conciencia (en este caso, colectiva) es un tiempo evolutivo temprano caracterizado por la dependencia a un otro para sobrevivir, por la gestación de una memoria afectiva asociada a lo seguro y nutricio. Mientras la Luna predomina en la conciencia, todas las potencialidades de una carta natal se viven -y todos las experiencias se significan- desde hábitos de costumbre, conductas reactivas e inconscientes, respuestas motivadas por modos del pasado. Allí, lo que creemos “acciones voluntarias”, en verdad, resultan reflejos condicionados.
La Luna naturaliza formas de operar en el presente y olvida que fueron conformadas en el pasado. La Luna nos refugia en las construcciones de la memoria.  La Luna nos convence de que nuestros vicios son naturales, genuinas expresiones de nuestro ser. La Luna nos asegura que nuestras patologías son herencia y tradición. Y nos pide, además, mantener fidelidad con ellas, que el futuro replique el pasado.
Para su transformación o para su adicción, en tiempos de Plutón en tránsito a Luna de Argentina se exponen a la conciencia colectiva peligrosas costumbres de nuestra comunidad.
La fragilidad de la economía. Cualquier movimiento financiero en el mundo puede provocar un colapso local. La moneda segura no es la moneda que usamos. La economía ligada a ocultos intereses. La fragilidad del orden social. Cualquier secreta acción de servicios de inteligencia puede generar caos en las calles. Y un oscuro impulso autodestructivo lo anhela casi como una profecía. La política organizada en fantasías de apocalipsis. Un submundo -económico, político- sobre el que no circula información. Una desconocida realidad paralela. Una trama del poder ignorada y vigente.
Acciones violentas con motivaciones incomprensibles (quema de escuelas, explosivos en hospitales). Criminales ajustes de cuenta enmascarados de crisis social. Inauditas justificaciones. Manipulación de la opinión pública para generar culpas, obtener beneficios, encubrir delitos. Simulaciones de insuperable cinismo. Descomposición social alimentando mafias. Pobreza estructural expuesta sin puentes de inclusión. El venenoso ideal de progreso asociado a la ilegalidad marginal.


Relatos ideológicos del siglo XX desbordados por la incomprendida complejidad del siglo XXI. Progresismo funcional a hábitos reaccionarios. La fascinación pre-democrática. La excitación del odio. Posverdades que pretenden validar mitos. La opción por el encanto y la negación de la realidad. La patología de adoradas y anacrónicas visiones que confirman lo que necesitamos creer que somos: mejores, puros, maravillosos… El valor de la democracia subordinado a la suerte (y destino) de líderes y caudillos.
La revelación de una trama corrupta en la administración pública que involucra a mandatarios, funcionarios y empresarios, y que deja en evidencia la falsedad (o la perversión) del discurso ideológico. El negocio narcótico que reúne a traficantes, políticos, jueces, policías y dirigentes sociales. El Estado cómplice de horrores. La cultura delictiva impregnada en el lenguaje cotidiano.
Es cierto, Plutón en tránsito a Luna también lo es al Sol de Argentina. Las peligrosas costumbres de la comunidad argentina en la relación entre pueblo y gobernantes. Hoy, como entre 1978 y 1980 (y antes entre 1928 y 1931).

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