Hola
amigos
Estaba planeando la transmisión que suelo hacer para celebrar estas fechas y llegó un punto en el que pensé: “probablemente este año no la haga”. No sé por qué, sin embargo, justo en ese momento llegó algo muy sutil a mi mente:
No
me importa tu plan. No me importa la historia que cuentes. Lo importante es que
te presentes. Que aparezcas. Que estés ahí.
Le
decía ayer a la gente linda de Aurora que era como si Krishna estuviese
diciendo: yo sostengo tus átomos, yo hago que se mantengan juntos, yo soy ese
prana que te permite respirar, ver y hablar. Yo siempre aparezco por ti, aunque
no te des cuenta y no quiero el crédito. Lo único que espero de ti es que tú
también aparezcas.
Y
aunque en mi caso esto surgió pensando en una transmisión de YouTube,
inmediatamente entendí que tenía muy poco que ver con YouTube.
Presentarnos
es algo que nos toca hacer todos los días. Especialmente cuando estamos
desanimados, cuando hemos meditado menos, cuando sentimos que nuestra práctica
no está donde debería o simplemente cuando creemos que no tenemos mucho que
ofrecer.
Y
ahí me llegó la historia de Sudama que he contado en YouTube...
Imaginen
la escena: Sudama solo tenía una pequeña porción de arroz para el Señor del
universo.
Y
Sudama va. Con pena. Con vergüenza. Pensando: “¿Cómo voy a presentarme así ante
Krishna?”. Pero va.
Por
un momento imaginé el cumpleaños de Krishna. Imaginé llegando a los siete
grandes rishis, seres cuya sabiduría apenas podemos dimensionar. Imaginé a
Paramahansa Yogananda, Narada, Markandeya, el mismísimo Shiva, Devi, y a tantos
grandes santos y devotos llegando con esa enorme riqueza de sabiduría,
compasión, disciplina y devoción.
Y
después me vi a mí.
¿Yo
qué voy a llevar?
Frente
a ellos, no soy nadie. No tengo esa sabiduría, esa realización ni esa devoción.
Y entonces me pregunté: ¿cuáles son mis dos granitos de arroz? ¿Qué tengo yo
para ofrecer realmente?
Lo
primero que apareció fue: devoción y buenas intenciones.
En
todo lo demás me quedo corto. Incluso mi devoción es imperfecta y mis buenas
intenciones muchas veces no terminan como quisiera. Pero tengo esas dos cosas.
Y también tengo mi vergüenza.
Porque
¿cómo voy a llegar con eso al cumpleaños de Krishna? Solo puedo decirle: tú me
conoces. Tú sabes quién soy. Conoces mis 24 horas mejor que yo. Cada partícula
de pensamiento que ni siquiera yo alcanzo a ver, tú la conoces. De ti no me
puedo ocultar. Esto es lo que tengo.
Y
creo que ahí está una de las partes más profundas de la historia de Sudama.
¿Por
qué una ofrenda tan insignificante? Porque tarde o temprano vamos a pensar que
lo que tenemos para ofrecer no es nada. Vamos a compararnos y decir: “¿Qué
tengo yo para darle a Krishna si este otro hace esto, si aquella persona tiene
esa disciplina, si aquel otro tiene esa devoción?”.
Pero
Krishna no le pidió a Sudama que llegara con un banquete. Recibió aquello que
Sudama podía ofrecerle.
La
divinidad no está esperando que le des lo que no tienes. Está esperando que le
des lo que ya tienes ahora. No tienes que adquirir nada para presentarte. No
tienes que ir a comprar devoción ni sabiduría en un libro antes de acercarte.
¿Qué
es lo que tienes en este momento? Porque eso, para este momento, es suficiente.
Esos
son tus dos granitos.
Y
si estos meses has tenido retos, has cometido torpezas, has meditado menos o
incluso te da cierta vergüenza volver a presentarte ante la divinidad, recuerda
cómo llegó Sudama: con poco, con vergüenza y con aquello que tenía.
Pero
llegó.
Tal
vez esa sea mi invitación: solo preséntate.
Con
lo que tengas.
Lleva
tus dos granitos de arroz.


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