La vida es el regalo más preciado y vivir a plenitud debe ser nuestro objetivo. Pero para poder vivir la vida a plenitud hay que estar presente. Inmersos como estamos en nuestra cultura occidental, tan intelectual, vivimos siempre de las memorias o de las proyecciones futuras. Parece que nuestro amado intelecto le tiene miedo al presente y se escapa cada vez que puede. Y lo hace porque no sabe vivir el presente, porque siente que se desvanece y le da miedo cuando aparece esa otra parte de la mente que está llena de presencia, que es capaz de llevarnos a esas regiones en donde el grado de verdad, el grado de realidad que adquiere la vida, aumenta.
Cuando te
relacionas desde el intelecto, esa relación está colorada por tus ideas,
prejuicios, experiencias y los contenidos de tu mente. Y entonces no verás lo
que tienes delante, sino tus propias ideas, tus conceptos e imágenes. Para
poder estar presente con tus seres queridos o con la naturaleza y todo lo que
te rodea, primero pasa tiempo contigo mismo. Siente quién eres, esa vida que
hay en ti, ese elemento de eternidad que vive en ti. Toma conciencia de tu
respirar, obsérvalo, sigue su movimiento que poco a poco te conducirá a esas
regiones internas en donde realmente puedes estar en el aquí y el ahora.
Aprende a pasar tiempo contigo. No busques el ruido de las innumerables
distracciones cibernéticas que ahora tenemos a la mano. Quédate por unos instantes
en silencio, observando ese sagrado movimiento, esa danza que ocurre en ti y es
capaz de conducirte a tus más iluminadas regiones.
Con la mente
no se pelea nunca, porque ella siempre gana. Si te quiere arrastrar al pasado o
al futuro, simplemente obsérvala. Colócala en el movimiento de tu respirar y
observa el mundo que te rodea. Observando, como un testigo, el cielo azul, los
árboles, las flores, el verde exquisito de la amada Gaia, he podido sentir ese
silencio que llega por el sólo hecho de observar su belleza. Parece que uno no
hace nada, pero con el tiempo uno se da cuenta que sobreviene un
enriquecimiento, una comprensión mayor de la vida producto de esos momentos en
el que, a través de la observación silenciosa, sin pensamientos, uno hace
contacto con la eternidad.
Toda la
naturaleza vive el presente y puede ayudarte mejor que cualquier libro o
reflexión mental, por más elevada que te parezca. Es cuestión de soltarte. La
naturaleza, manifestación de la Madre Divina, está poblada de seres luminosos,
ángeles, entidades de luz que al ver que entras en su reino te ayudan y te dan
sus regalos para que puedas emprender el viaje más allá de tus procesos
intelectuales y descubras la bendición de la existencia, la verdad suprema y el
amor puro que brota a raudales en el eterno presente.
Entonces,
cuando le dices a un ser querido, estoy aquí, estás plenamente y sin reservas,
y puedes tener una verdadera relación, una comunicación real. Como si le
dijeras:
“Estoy aquí para ti. Sólo existo para ti en este
momento. Estoy completo. Cuerpo y alma. Porque entre tú y yo sólo existe el
presente que compartimos. Entonces podemos establecer la verdadera relación; y
el amor, al encontrar su cauce natural, fluye libre y llena todos los espacios
de la vida, enriqueciendo e iluminándolo todo.”
Los niños
piden estos contactos. Ellos, más que nosotros, saben estar presentes porque
sus procesos mentales todavía no condicionan sus vidas. Y le piden presencias
al padre, a la madre, a los abuelos ...
La Divina Presencia de Dios se manifiesta
cuando estás presente. Y en ese lugar sagrado, tú y yo somos Uno.
Estamos
aquí, eternamente…
Carmen Santiago

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