Cuando nos acercamos a la divinidad y queremos transitar el sendero espiritual sentimos que el mundo material nos aprisiona y de alguna forma buscamos liberarnos. Pero después de mucho reflexionar, de meditar, tuve una vivencia que cambió el rumbo de mi vida. Fue uno de esos momentos en el que la luz irrumpió en mi consciencia y pude reconocer la Presencia de la Madre, la divina inteligencia que es la sustancia matriz de todo este maravilloso mundo en el que vivimos. Lo había leído muchas veces, pero hay una diferencia muy grande entre el conocimiento intelectual y la vivencia. Pude ver con otros ojos el mundo que me rodeaba. El cielo azul, los árboles, la luminosidad del sol, las hojas de los árboles, las estrellas... todo me lo señalaba. Algo se abrió en mi conciencia y reconocí, en todo lo que me rodeaba, la divinidad que con tanto anhelo he buscado toda mi vida. Me dije: es la Madre. Porque todo es divino, sólo hay que tener ojos para ver la gloria aquí, reflejada en la materia.
Hay una falsa identidad en la
humanidad. Se nos olvida lo que en verdad somos y creemos que solo somos el
cuerpo con sus emociones y su mente. Pero no, somos la Consciencia, ese Hijo
que surgió de la unión del Padre Celestial y la Madre Divina. Tomamos un
vehículo, un cuerpo que siente y piensa para poder habitar este mundo, pero
cuando olvidamos que somos el Hijo, la Consciencia, también nos olvidamos de la
Madre Divina, la sustancia matriz del Universo, esa que se dice que tejió el
Universo con hilos de eternidad. Ese aspecto maternal de Dios, que llena de
ternura la vida se nos fue borrando y como consecuencia construimos un mundo de
guerras y violencia. Nos limitamos al mundo material de conquistas y
dominio y hemos perdido el esplendor de ese inmenso universo en el que
habitamos, de ese tejido sensible, lleno de armonía y belleza. Es como si
viviéramos en un hermoso palacio y solo habitáramos sus sótanos.
Somos el Hijo de la Madre,
somos la humanidad, una joya en el Universo. Cuando seamos capaces de utilizar
todo nuestro potencial, incluyendo este cuerpo maravilloso que la Madre Divina
nos otorgó, haremos prodigios. El alma de cada ser humano, nuestra verdadera
identidad, esa maravillosa consciencia que no muere cuando el cuerpo fallece,
es la fuente de toda inspiración, el motor que mantiene el proceso evolutivo,
lo que nos hace verdaderamente humanos.
Nunca entendí como una parte
de la cristiandad borró de su mapa de creencias a la Virgen María. En la
historia del nacimiento de Cristo, ella encarnó el espíritu de la Madre Divina,
llena de gracia, de amor, de compasión. Así se fue ocultando de nuestra percepción
la compasión, el amor incondicional, el reconocimiento de que somos hijos de la
misma Madre. Sin ella, todo es árido. Ahora me doy cuenta que percibir Su
Presencia es la necesidad más grande que tiene este mundo. Es lo que más
necesita. La crueldad que estamos mostrando como humanidad es un reflejo de la
ausencia en nuestras conciencias de esa bendita presencia. Carentes del
aspecto Madre de la divinidad hemos creado un mundo que no refleja los
verdaderos principios universales, un mundo lleno de espejismos y falsos
valores, de guerras, racismo, desigualdades que nada tienen que ver con la
naturaleza de la vida misma, que es divina en todas sus manifestaciones y que
se expresa en todo su esplendor para aquel que pueda percibirla.
Aunque Ella siempre está presente, porque Ella es el Universo, las estrellas, los soles, la Tierra, los mares, los ríos, tu cuerpo, su Sagrada Presencia está ausente en las mentes de una gran parte de humanidad.
Que en estas Navidades y en el
año 2026 no sólo te conectes con tu Cristo Interno, la Divina Consciencia, el
Hijo que vive en tu corazón, sino también con la Virgen, la sustancia matriz
del Universo, la que te guía y protege, la que por su pureza pudo dar a luz al
niño Dios, el milagro de la Consciencia que eres tú, que soy yo, que somos
todos, humanidad.

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