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18 de enero de 2026

La ciencia de la incertidumbre.

por cristinalaird

Es habitual que cuando las personas acuden a un astrólogo estén buscando algún tipo de certeza. Suelen llegar en momentos de la vida marcados por la duda, la ansiedad, la transición o la pérdida de sentido. Muchas buscan una confirmación externa de una sensación interna de saber que se vuelve frágil, difícil de sostener o temporalmente inaccesible.

Durante mucho tiempo, si un astrólogo no proporcionaba esa certeza, corría el riesgo de ser considerado

incompetente. En este sentido, la propia astrología ha tenido parte de responsabilidad en alimentar esta expectativa. Ciertas tradiciones —y ciertos practicantes— han seguido afirmando que algunas técnicas pueden ofrecer resultados perfectamente exactos, una sincronía absoluta o desenlaces definitivos. Algunos incluso llegan a indicar a sus clientes dónde deben estar el día de su cumpleaños para asegurar un “Retorno Solar perfecto o más adecuado”.

Nada de esto sirve realmente a la Astrología.

Porque, en su esencia, la Astrología no es una ciencia de la certeza: es una ciencia de la incertidumbre.

La Astrología no elimina la ambigüedad; le da sentido. No cierra preguntas; las abre dentro de un campo simbólico donde pueden convivir múltiples capas de verdad. Cuando la Astrología se utiliza para reemplazar la duda por una predicción rígida, se pierde algo esencial: su capacidad de implicar al alma en lugar de intentar controlar el destino.

Aquí es donde la reflexión que ofrece la película Conclave, escrita por Peter Straughan e interpretada con una profundidad extraordinaria por Ralph Fiennes, resuena de manera tan significativa. La advertencia que se expresa en la película —que la certeza en sí misma puede ser el mayor de los pecados— toca el núcleo de la verdadera función de la astrología

Aquí va una versión de ese pasaje en la película:

«Hay un pecado que he llegado a temer por encima de todos los demás: la certeza.
La certeza es la gran enemiga de la unidad.
La certeza es la enemiga mortal de la tolerancia.
Incluso Cristo no estuvo seguro al final. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, gritó en su agonía a la hora novena, en la cruz.
Nuestra fe es algo vivo precisamente porque camina de la mano de la duda.
Si solo existiera la certeza y no la duda, no habría misterio —y, por lo tanto, no habría necesidad de fe.
Recemos para que Dios nos conceda un papa que dude.»

La certeza termina con la indagación. La certeza endurece posiciones. La certeza cierra el espacio simbólico donde el sentido aún puede desplegarse.

La Astrología, cuando se practica con integridad, hace exactamente lo contrario. Nos enseña a vivir con preguntas, a sostener la tensión sin forzar una resolución y a permanecer presentes en tiempos de no-saber. Ofrece orientación, no garantías; diálogo, no veredictos. Su sabiduría reside precisamente en su negativa a proporcionar respuestas absolutas, porque la vida misma no funciona de ese modo.

En este sentido, la Astrología no fracasa cuando no puede prometer certeza.
Tiene éxito cuando restaura nuestra capacidad de permanecer conscientemente dentro de la incertidumbre, sin caer en el miedo ni en falsas seguridades.

Ahora bien, incertidumbre no es lo mismo que duda.

Existe otro tipo de certeza —una certeza que respeta la incertidumbre, que convive con ella en lugar de intentar abolirla. El propio lenguaje insinúa esta distinción. Utilizamos la palabra creer de maneras diferentes, y no toda creencia es igual.

Creer en Dios es un ejemplo. Nunca podemos estar objetivamente seguros de la existencia de algo llamado Dios y, sin embargo, muchas personas están profunda y honestamente seguras de ello. Esa certeza no surge de la prueba, sino de una convicción interior que no necesita garantías.

Existe también una forma más cotidiana de creer. Antes de sentarme en una silla, creo que va a sostener mi peso. Cuando me siento en ella, puedo decir que creo en esa silla, no porque haya eliminado la incertidumbre por completo, sino porque la experiencia ha establecido una relación de confianza.

Cuando miramos a alguien que amamos y decimos: “Creo en ti”, hablamos desde un lugar de profunda certeza, a pesar de que el resultado sea totalmente incierto. Nada en el amor garantiza desenlaces, y aun así la convicción es real, sólida y honesta.

Este es el tipo de certeza al que pertenece la astrología.

Dicho esto, la astrología no es un sistema de creencias. No es un acto de fe desvinculado de estructura. La astrología se basa en una geometría precisa y perdurable del cielo, y su lenguaje interpretativo ha sido observado, contrastado, refinado y transmitido durante siglos. Su gramática simbólica no surge de la opinión personal, sino de una larga observación del tiempo, los ciclos, la repetición y el cambio.

Astrólogos de distintas culturas y tradiciones llevan tiempo hablando de los profundos cambios de ciclo de 2026 no porque crean vagamente que “algo viene”, sino porque comprenden lo que sucede cuando los grandes ciclos se cierran y otros nuevos comienzan. Esta comprensión no se apoya en la certeza de los resultados, sino en el conocimiento de los procesos.

La astrología no nos dice qué va a suceder.
Nos indica cuándo algo está maduro para suceder, y qué cualidades buscan expresarse.

Y por eso la astrología importa. Quizá hoy más que nunca.

Aquí, la biología contemporánea ofrece un paralelismo elocuente.

La biología de sistemas moderna ha demostrado que el ADN—tan a menudo confundido con destino—no actúa solo. El ADN existe desde la primera célula, pero permanece silencioso hasta que el contexto permite que hable. La expresión génica emerge gradualmente a través de redes de regulación, tiempo e interacción. El ARN escucha, interpreta y responde. Los sistemas se organizan con el tiempo hasta que aparece la coherencia—frecuentemente solo después de que se haya completado un ciclo entero.

Incluso el primer latido integrado del corazón no surge de forma instantánea, sino que aparece únicamente cuando se ha establecido un ritmo.

La biología, como la astrología, no avanza por mandato ni por certeza. Se despliega a través de tiempo, respuesta y relación. A propósito, el primer latido del corazón de forma rítmica comienza a los 28 días de la gestación, un ciclo completo lunar. Increíble verdad?

La epigenética profundiza aún más esta comprensión. Las experiencias no se convierten en recuerdos almacenados en el ADN, pero pueden dejar huellas biológicas—sutiles desplazamientos regulatorios que influyen en cómo los sistemas responden al estrés, la nutrición, la seguridad o la amenaza. Estos mecanismos no transmiten narrativas ni historias personales; inclinan la sensibilidad, no el destino. Configuran cómo un organismo puede responder a la vida, dejando los resultados abiertos.

En este sentido, ni la biología ni la astrología operan con garantías. Ambas describen campos de posibilidad moldeados por el contexto y el tiempo.

Aquí la incertidumbre se revela no como una debilidad, sino como una salvaguarda. Preserva la apertura, la adaptabilidad y la responsabilidad. Cualquier sistema—científico, espiritual o simbólico—que prometa certeza absoluta sobre la vida humana traspasa el conocimiento y entra en la ideología.

En un mundo cada vez más adicto a la certeza, la astrología ofrece algo mucho más radical:
la capacidad de vivir sabiamente dentro de la incertidumbre—sin perder coherencia, sentido, profundidad ni dignidad.

Como escribe Yuval Noah Harari:
«Debemos volvernos más creativos en la búsqueda de formas de significado que no dependan de certezas absolutas ni de promesas de felicidad permanente».

La Astrología, en su mejor expresión, hace exactamente eso.

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