El planeta Venus considerado como la brillante “Estrella matutina”. Antes de Milton, nunca había sido Lucifer un nombre del Diablo. Todo lo contrario, puesto que en el Apocalipsis (SSII, 16) se le hace decir de sí mismo al Salvador cristiano: “Yo soy … la resplandesciente estrella de la mañana”, o Lucifer.
Uno
de los primeros Papas de Roma llevaba dicho nombre, y hasta había en el siglo
IV una secta cristiana denominada de los Luciferianos.
Lucifer viene de Lucíferus, portador de luz, el que ilumina, y corresponde exactamente a la voz griega Phosphoros. La iglesia da ahora al Diablo el nombre de “tinieblas”, mientras que en el Libro de Job se le llama “Hijo de Dios”, la brillante Estrella matutina, Lucifer.
Hay
toda una filosofía de artificio dogmático en la razón de por qué el primer
Arcángel, que surgió de las profundidades del Caos, fue llamado Lux (Lucifer),
el luminoso “Hijo de la Mañana” o Aurora manvantárica. La Iglesia le ha
transformado en Lucifer o Satán porque es anterior y superior a Jehovah, y
tenía que ser sacrificado al nuevo dogma.
Lucifer
es el portador de luz de nuestra Tierra, tanto en el sentido físico como en el
místico. En la antigüedad y en realidad, Lucifer, o Lucíferus, es el nombre de
la Entidad angélica que preside a la Luz de la Verdad, lo mismo que a la luz
del día.
Lucifer
es Luz divina y terrestre, el “Espíritu Santo” y “Satán” a un mismo tiempo.
Está en nosotros; es nuestra Mente, nuestro Tentador y Redentor, el que nos
libra y salva del puro animalismo. Sin este principio –emanación de la misma
esencia del puro y divino principio Mahat (Inteligencia), que irradia de un
modo directo de la Mente divina –con toda seguridad no seríamos superiores a
los animales.
Lucifer
y el Verbo son uno solo en su aspecto dual. Equivale al Uzanas-Zukra de la
India.
H.
P. Blavatsky
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