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6 de enero de 2020

La Meditación

Fuente: http://www.josemiguelandrade.com/

Todavía hay mucha gente a los que la palabra meditación les suena a “Nueva Era”, a practicar técnicas de algún país exótico de Oriente, o a ser seguidor de algún gurú o de alguna secta, y en el mejor de los casos lo relacionan con alguna religión o creencias de las llamadas espirituales. Pero la meditación es un concepto universal que no tiene por qué estar vinculada a ninguna tradición religiosa, ni a ninguna creencia en particular, pues es sobre todo un método de trabajo de crecimiento interior y de expansión de la conciencia.

Meditar es entrar en contacto con el alma, y cualquier técnica o actividad que te conecte con el alma es meditación. El denominador común de la meditación es el contacto con el alma, y si ese contacto no se produce, puedes llamar meditación a lo que haces, pero será otra cosa. Por eso hay infinidad de formas válidas de meditar, pero todas conducen al alma. Para cada persona hay una serie de meditaciones especialmente adecuadas, según su nivel de desarrollo, según la estructura de su cuerpo energético, según su tipo de mente y de tradición cultural, según su experiencia y su práctica en técnicas de crecimiento interno.
 El propósito de la meditación es alinear el cerebro físico y la personalidad con el alma, y ello tiene lugar en el plano físico donde habita la personalidad, que se verá gradualmente infundida de la energía y cualidades del alma.
 La meditación es un método más o menos científico para conectar con el alma y, con el tiempo, para que el alma se exprese a través de la personalidad sin inhibiciones ni limitaciones. De hecho la meditación es la forma científica por excelencia de demostrar la existencia del alma, tal vez la más científica de todas por tratarse en sí misma de un experimento perfecto, en el que no solo participan las observaciones y percepciones de los sentidos, sino el ser íntegro. El experimentador encarna el experimento y los indicadores internos de la verdadera meditación no dejan lugar a dudas, aunque no sean observables por algún aparato de medida de materia que, hoy por hoy, no detecta la frecuencia vibratoria en la que se mueve la meditación.
Pero existen efectos de la meditación que la ciencia actual puede medir. Se ha comprobado con técnicas de medición de la actividad cerebral como al meditar se incrementa la actividad en la parte izquierda del lóbulo frontal del cerebro, asociado a las emociones positivas y al estado de calma, lo que facilita un estado afectivo positivo y disminuye la ansiedad y la agresividad, aumentando los niveles del neurotransmisor GABA, lo que implica menor distracción por los estímulos externos y más capacidad de concentración. El lóbulo parietal disminuye de actividad lo que facilita una cierta pérdida del sentido de individualidad y de la sensación de concreción de las dimensiones espacio-tiempo. En el interior del cerebro se estimula el sistema límbico, una región encargada de procesar las emociones formada por el hipocampo, la amígdala y el hipotálamo, lo que aumenta las emociones positivas y la capacidad de visualización, incrementando la producción de endorfinas, sustancias asociadas a la reducción del miedo, y a la sensación de felicidad. La estimulación del hipotálamo reduce las frecuencias cardiaca y respiratoria y la tensión arterial, facilitando la relajación y aumentando la producción de serotonina, un neurotransmisor asociado a la percepción de bienestar, cuyo déficit se relaciona con estados de depresión. Meditar produce una regulación de las ondas cerebrales, aumentando las ondas theta, y una mayor sincronización hemisférica.
Los cambios cerebrales en la meditación no son tan trascendentales como los cambios psicológicos. La investigación de los efectos de la meditación demuestra una disminución significativa de los rasgos de ansiedad, de la tendencia a la depresión, una mejora del sistema inmunológico, una reducción del cortisol que acompaña al estrés, y una reducción de la tensión arterial que facilita la relajación.
La meditación aumenta la capacidad de aprendizaje al mejorar la capacidad de atención y de concentración. Produce también la regulación del sistema endocrino aumentando la percepción de libertad y de alegría interior, así como la disposición a explorar espacios espirituales desconocidos. Meditar produce una significativa mejora de la salud del cuerpo físico, sobre todo por reducir los niveles de estrés, y por comprender y atender las necesidades de equilibrio corporal.
Algunas claves de la búsqueda científica del alma pueden revelarse a través de la meditación. Al meditar se eleva el nivel de vibración energética, lo que con la práctica se puede sentir en mayor o menor medida dependiendo de la sensibilidad del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Al dejar de meditar se percibe con claridad como baja ese nivel de energía. En la percepción de la energía se detecta el contacto con el alma. Es una energía sutil, pero perfectamente identificable en comparación con la energía puramente física. Es ciencia abstracta, mucha más avanzada que la ciencia concreta.
La meditación es un medio para descubrir la esencia del ser humano, su parte espiritual, su alma; y armonizar el aparente conflicto entre los aspectos materiales y espirituales de la vida. A través de la utilización de la mente superior por el alma surge al exterior la realidad interna que anima a toda expresión externa. Meditar eleva la cualidad de vida, crea un sendero de luz entre el alma y la personalidad, que alineada e iluminada por la energía del alma irradia a su vez en el plano físico a todo lo que la rodea. Meditar conduce a llevar una vida con alegría, a sentirse mejor, a ser más feliz, tener más sensatez y mayor equilibrio.
Para iniciarse y practicar meditación es preciso aplicar el sentido común en la búsqueda del tipo de meditación más adecuado, sabiendo que hay que tener en cuenta la constitución de nuestros cuerpos y las líneas de mayor o menor resistencia de nuestra personalidad. Hay métodos estrictos y otros más informales. Es una elección que cada cual debe tomar con serenidad, observación atenta, y con la mayor intuición posible. Si meditar es entrar en contacto con el alma, es lógico que desde el alma se emitan mensajes orientativos sobre el camino a tomar, detectables a nivel intuitivo. Confiar en el alma es siempre una buena elección y la mejor forma de saber si se sigue el camino adecuado es a través de una actitud sincera, con el menor de personalismos y de análisis concretos y lineales, con atención abstracta en la mayor calma posible.
Como orientación inicial general y en ausencia de guías fiables puede ser recomendable adherirse a prácticas normalizadas que posean elementos de seguridad y universalidad.
La actitud más idónea para practicar la meditación es dejar a un lado las prisas, las preocupaciones, los deseos de algo, y sobre la base de un estado de paz y relajación mantener la atención en la práctica en sí, sin buscar nada, que es la mejor forma de orientarse hacia el alma.
Las orientaciones básicas de ubicación espacial son simples. Buscar un sitio tranquilo para evitar distracciones, evitando la música y el mayor número de sonidos artificiales posible. Adoptar una postura que mantenga la columna y la espalda recta que permita el flujo de la energía, sentados, en una posición que no sufran las piernas ni las rodillas, nunca tumbados, a no ser que lo que se pretenda sea caer en un profundo sueño. Cerrar los ojos preferentemente en una habitación con luz atenuada y entonces iniciar la práctica elegida. 
El proceso de meditación lleva una serie de etapas que presentan una clara sucesión: concentración, meditación, contemplación, iluminación e inspiración. Llegar a las primeras etapas es ya un logro destacable, y a partir de allí no hace falta seguir orientaciones ya que el alma encontrará la forma de dirigir todo el proceso. 
La importancia de la concentración es vital y es en esa primera fase donde fracasan muchas personas bien intencionadas, que cometen el error de intentar meditar sin conseguir mantener la concentración, y por supuesto no avanzan y acaban convenciéndose que la meditación no es para ellos.
Concentrarse es mantener la atención de forma relajada en un punto de referencia o en una técnica previamente elegida. El punto de referencia por excelencia es el centro energético ajna, en el entrecejo, que es el punto donde mejor se alinea el alma con la personalidad, pero puede variar según la técnica. La concentración no debe ser activa ni pasiva, sino un equilibrio entre ambos extremos, acompañada por la visualización, siempre sin tensión, con el solo esfuerzo de la atención, sin forzar los cuerpos. Concentrarse es totalmente distinto a tensionarse, debe mantenerse la atención con la mayor relajación posible, y cada vez que se pierde volver al punto o centro de referencia.
La continua concentración relajada acrecienta la vibración y poco a poco y con cierta práctica se produce casi por si solo el alineamiento, en el que el alma se irradia progresivamente hacia la personalidad, al principio de forma tenue, en momentos aislados, que con la práctica se van afianzando. En esos breves momentos se ha logrado realmente meditar. Este proceso se realiza en la mente que es la que visualiza, concentra la energía necesaria y se enfoca en el punto o técnica requerida. La práctica constante y la atención enfocada van haciendo posible el alineamiento, que solo se interrumpe cuando se pierde la atención, que no es más que la irrupción de la personalidad con pensamientos y emociones, lo que produce la distracción y la dispersión de la energía alineada. Entonces hay que volver a la concentración y reiniciar el proceso en una permanente lucha relajada de la atención por mantenerse firme.
Con el paso del tiempo, y si se ha trabajado con continuidad, la concentración es más rápida y más precisa y el alineamiento se produce enseguida y se mantiene sin grandes dificultades, convirtiéndose en un estado conocido, permitiendo que la meditación vaya cogiendo cuerpo, que literalmente los cuerpos se impregnen de alma.
A mucha gente le cuesta entender que el estado de meditación no es un espacio para que la personalidad analice lo que está sucediendo. No hay lugar para que la mente concreta meta el morro y rompa el alineamiento. No cabe tampoco el enfoque hacia estados emocionales, por sublimes que parezcan, ni hacia pensamientos por creativos y elevados que sean, y mucho menos contactos con seres iluminados y experiencias paranormales, supuestamente “espirituales”. Los pensamientos, los ruidos, las sensaciones ambientales, son como las corrientes de aire, siempre están por ahí, pero solo distraen cuando se les presta atención. 
El espacio meditativo es difícil de describir, y solo puede ser comprendido por la mente abstracta. Es limpio, pleno de luz y energía, pero sin grandes sensaciones. Es mucha percepción y poca o nada sensación, ya que sentir la energía no es necesario para meditar, es más bien una cualidad de determinados tipos de cuerpos. El espacio meditativo es silencioso, aunque el oído detecte vibración sonora; está irradiado de plenitud sin densidad, de inmensa presencia de vida sutil. Tiene el color transparente y el aroma etéreo del florecer de la conciencia. Nadie puede entender la meditación a través de palabras, porque su comprensión solo pertenece al mundo de la experiencia.
El alineamiento es el resultado del control del alma sobre la personalidad, del descenso de energía del alma al cerebro, por conducto del cuerpo emocional y el cuerpo mental, con un correcto ordenamiento de energía en los centros etéricos. La meditación comienza con el alineamiento en que va profundizando progresivamente encajando los diferentes niveles y estados de conciencia. Un vez establecido el alineamiento, se estabiliza, y la conciencia lo graba y lo reproduce cada vez con mayor facilidad, hasta que está siempre presente, necesitando tan sólo un momento de atención enfocada para ser actualizado y servir de canal de unión entre la vida interna y externa.
En la meditación el alineamiento vincula y equilibra a todos los cuerpos: activa al cuerpo mental superior, equilibra al cuerpo emocional y eleva su sensibilidad, energetiza al cuerpo etérico, y colma de serenidad y paz al cuerpo físico. Cuando todos los cuerpos están integrados en una unidad, en una personalidad pura y serena, pueden alinearse con el alma de una forma totalmente natural. Así se crea un canal de comunicación que vincula el cerebro, el corazón, la mente y el alma; y la energía vital del alma se irradia con facilidad a cualquier aspecto de la vida diaria.
Practicar la meditación diariamente, alinearse día a día con el alma y sentir como se van purificando y energizando los cuerpos es la mejor y más grande “limpieza espiritual” a la que podemos acceder.
En general se puede afirmar que meditar aporta beneficios, pero hay personas en determinadas situaciones que pueden verse alteradas por la meditación. Es el caso de estructuras psíquicas débiles y muy inestables emocionalmente; personas obsesivas o con predisposición a trastornos psicóticos. Es conveniente entonces consultar a alguien con experiencia y dejarse guiar en los primeros pasos. El método empleado puede ser también causa de problemas. Algunas técnicas que incluyen visualizaciones o canalizaciones de energías pueden dar problemas, porque dirigen la energía desde la personalidad, tal vez a sitios no adecuados, y no permiten que la energía siga su curso natural sin interferencias. Por eso no conviene seguir ciegamente una técnica cuando una y otra vez produce efectos indeseados.
La sobre estimulación emocional también ocasiona problemas. La meditación trae un creciente flujo de energía que tiende a acentuar tanto las cualidades positivas como las negativas, llevándolas a la superficie donde pueden expresarse sin control. Cada meditador es responsable de manejar esta mayor afluencia de energía, debiendo descubrir sus propias debilidades emocionales y esforzarse por mantener un foco armonizador de atención en el plano mental.
También puede implicar peligro acudir a la meditación con móviles erróneos, con deseos de poderes espirituales y progresos puramente personales, y practicar durante horas mal orientado. Entonces se fortalece el egoísmo, el orgullo y la ilusión.
En realidad en todas estas situaciones no se consigue meditar, sino que la energía se enfoca en la personalidad que se excita y se centra más en sí misma.
 La mejor protección contra estos riesgos potenciales es el simple sentido común, y una actitud equilibrada. El sentido común desplaza todo exceso de entusiasmo y de fanatismo, así como cualquier concentración demasiado rígida sobre la meta, que pueda conducir a la fatiga física o mental. Los centros energéticos se activan sobre todo por el cultivo de ciertas virtudes principales, y no solo por la meditación o concentración sobre ellos; son llevados de forma natural a su condición irradiante por medio del correcto vivir, los pensamientos elevados y la actividad amorosa. Pero sin duda la mejor protección contra cualquier desequilibrio en el proceso de la meditación es la disposición al servicio. La meditación es peligrosa cuando no existe el deseo de servir.
 Conviene también comprender que el desarrollo de la conciencia es un progreso gradual a largo plazo, y que los cambios no suceden de la noche a la mañana. Esto evita el desaliento que sufre el principiante que no ve enseguida los grandes resultados que persigue cuando acude a meditar.
 Meditar no es fácil, si así lo fuera la vida en la tierra sería muy distinta. En las primeras sesiones de meditación apenas se consigue llegar a concentrarse, y el verdadero proceso de meditación solo es posible cuando se lleva una práctica con regularidad y bien enfocada. La recompensa, que es muy superior al esfuerzo que se requiere para meditar de verdad, es la continua expansión de conciencia que conduce a la expresión del alma con todas sus cualidades.
 La meditación diaria permite que el cerebro y la mente vibren al unísono con el alma, al menos por un corto periodo de tiempo al día. El objetivo a más largo plazo es desarrollar el hábito de la meditación durante todo el día y vivir en la conciencia superior, hasta que se haga tan estable, que el deseo de la mente inferior y los instintos físicos densos se diluyan por falta de su nutriente principal: la atención a sus impulsos.
 Meditar libera de la ilusión de los sentidos y de su atracción vibratoria, y ayuda a encontrar el campo de energía positiva y la consciencia suficiente para establecer una receptividad y una respuesta vibratoria más elevada que permita expresarse al alma.
 El viaje evolutivo va de la conciencia del cuerpo físico a la conciencia del alma. Los vehículos en ese viaje deben sacrificarse uno a uno. La conciencia de un plano debe ceder el paso a la conciencia de otro plano. La Ley del Sacrificio es la renuncia de lo inferior por lo superior. Es una ley natural, no hay nada místico en ello. Sacrificas algo que ya no necesitas, para lograr un estado vibratorio más elevado. Sacrificas el estado vibratorio inferior por el superior. El sacrificio de lo inferior por lo superior implica la alegría del alma.
 Si elevas tu punto de vibración, atraes a tus cuerpos, físico, astral y mental, una carga renovada de energía subatómica: luz, que transforma gradualmente a los cuerpos. No es posible entonces mantener por mucho tiempo la materia vibratoria inferior que impide el paso de esa luz. La materia inferior tiene que regresar a la materia del universo, la vida en el planeta en que vivimos. No te la puedes llevar contigo.
Aunque la meditación en sus comienzos puede desarrollarse como una actividad solitaria, lo más normal es acabar encontrando un estado de conciencia compartido con otros meditadores. De alguna manera el contacto con el alma te dirige hacia alguna forma de meditación grupal y compartir en comunidad la fraternidad de esos estados de conciencia.
 Esto no significa que haya que meditar juntos en el mismo lugar y al mismo tiempo. El verdadero lugar de encuentro del grupo se encuentra en el plano mental, en sus aspectos superiores, fuera del tiempo y del espacio. Lo importante de la meditación grupal es el sentido de un enfoque y de un interés común, de una atención grupal sobre el objeto de la meditación. Las personas que componen un grupo están unidos por una idea y un interés compartidos, y no tanto por una relación personal. Los grupos pueden trabajar juntos y meditar sobre muchos temas diferentes, pero el nexo de unión será siempre el servicio a la humanidad, porque meditar conduce de forma natural hacia alguna forma de servicio. Trabajar en meditación grupal produce también un aumento de conciencia de todo lo que tiene que ver con el grupo, de la profundidad en las relaciones personales, y del interés por los asuntos que conciernen a la sociedad y a toda la población humana. Meditar te hace desarrollar un sentido de integración y unidad con todos quienes sirven a la humanidad.
 La correcta meditación genera un proceso de transmutación y liberación que ocasiona un gran cambio interno, elevando el nivel de vibración. La verdadera meditación es vivir en el estado de conciencia despierta del Ser. Es una experiencia, momento a momento, de la auténtica esencia del ser humano, y todo transcurre en un ambiente donde la alegría interna es tan natural como el aire que respiras.

Centro Holística Hayden
Meditaciones guiadas, personalizadas, individuales y grupales
Maestra espiritual: Gala Shendrix
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