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28 de abril de 2018

Pasando a la acción (III) – La pregunta de las preguntas


By PHILEAS 

Todo noble caminante es -o debería ser- un signo de interrogación andante, un buceador de las profundidades del ser, un sano preguntón intentando llenar de sentido a su existencia.
En rigor de verdad, las preguntas que se formula el hombre contemporáneo son las mismas que se hicieron en el pasado los griegos, los indos, los aztecas y los persas. Al desarrollarnos como civilización “hacia afuera” la ciencia y la tecnología han avanzado a pasos agigantados aunque las cuestiones fundamentales que inquietan al ser humano (las que nos llevan “hacia adentro”) no han cambiado un ápice y seguimos preguntándonos:

¿Quiénes somos?
¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?
¿Existe la vida después de la muerte?
¿Hay una sola vida o muchas?
¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal?
¿Existe un Dios?
¿Qué sentido tiene mi existencia?
¿Lo que me ocurre es casual o causal?
¿Soy libre? ¿Existe un destino fijo o tenemos libre albedrío?
¿Estamos solos en el Universo?
¿En qué consiste la felicidad?
¿Qué es la Verdad?

Las tres preguntas de Kant
El filósofo Emmanuel Kant resumió todas estas inquietudes existenciales en tres grandes preguntas:

¿Qué podemos saber?
¿Qué debemos hacer?
¿Qué nos cabe esperar?

Al preguntarnos: “¿Qué podemos saber?” estamos tratando de de­terminar el alcance de nuestra mente finita, hasta dónde nos puede llevar nuestro pensamiento. Para los antiguos, la respuesta era muy sencilla y fue resumida en el pórtico del antiguo oráculo de Apolo en Delfos de esta forma: “Conóce­te a ti mismo”, con este corolario: “y de este modo conocerás al Universo y a los dioses”. En otras palabras: el verdadero conocimiento pasa por el auto-conocimiento.
La segunda pregunta cuestiona nuestro accionar, nuestro estilo de vida en sociedad y, sobre esto, Kant creía que la humanidad tenía que establecer un sistema ético uni­versal, válido para todos los seres humanos y para todas las épocas, el cual estaría fundamentado en una “ética atem­poral”, la cual podía ser resumida en el siguiente enunciado: “Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiem­po que se torne en ley universal”. Esta es la famosa “regla de oro” que ha sido enunciada de muchas maneras: “Actúa como quisieras que todas las demás personas actuaran”, “Trata al prójimo del mismo modo en el que quisieras ser tratado”, o -como dijo Gandhi– “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.
La tercera pregunta de Kant: “¿Qué nos cabe esperar?” se refiere al destino y hacia dónde nos dirigimos. En este punto, la Filosofía Iniciática, en concordancia con la Tradición, sostiene que nuestros pasos se dirigen de nuevo al punto de partida, a la Fuente, en un proceso de reintegración que dura muchas vidas y que nos permite -paso a paso- ir recordando quiénes somos verdaderamente.
Según Kant, la primera es una pregunta metafísica, la segunda ética y la tercera religiosa, y las tres nos llevan a una cuarta: “¿Qué es el ser humano?” o bien “¿Quiénes somos?”, la cual llevada a cada uno de nosotros se podría formular de un modo diferente: “¿Quién soy?”

La pregunta de las preguntas
“¿Quién soy?” es la pregunta de las preguntas, la joya de la corona, la interrogante-clave que nos permite penetrar la corteza, ir más allá de lo evidente. En la simpleza del “¿Quién soy?” radica su dificultad porque nuestra mente está convencida de que conoce la respuesta y cuando empieza a contestar enseguida queda desconcertada por su incapacidad de dar una respuesta válida a esta sencilla pregunta.


Ramana Maharshi consideraba que la pregunta “¿Quién soy?” es la clave del despertar
y del autoconocimiento, proponiendo un método de autoindagación que llamó “Atma Vichara”(Atma=Ser, Vichara=Indagación), una especie de juego que tiene como descubrimiento lo que somos (nuestra verdadera identidad) para lo cual necesitamos descartar lo que no somos.
Según Ramana: “Lo que acontece cuando usted hace una búsqueda seria del Sí mismo es que el pensamiento «yo» desaparece y algo proveniente de las profundidades se apodera de usted, y eso no es el «yo» que comenzó la búsqueda. [Este Algo] es el Sí mismo real, el significado de «yo». No es el ego. Es el ser supremo mismo” (1).
El Atma-vichara se sustenta en el pro­cedimiento del “neti-neti” (“ni esto, ni lo otro”), en descartar todo lo que no somos:
Tengo una mano, pero si puedo observarla, no soy mi mano.
Tengo piernas, pero si puedo observarlas, no soy mis piernas.
Tengo un cuerpo físico, pero si puedo observarlo, no soy mi cuerpo.
Tengo pensamientos, pero si puedo observarlos, no soy mis pensamientos.
Tengo sentimientos, pero si puedo observarlos, no soy mis sentimientos.
En palabras de Antonio Blay“Yo no soy ninguna de las cosas que puedo ver o sentir o pensar. Yo no puedo ser nada que sea un objeto para mi conciencia, porque yo estoy al otro extremo de la conciencia. Soy el sujeto que ve. Soy el sujeto que vive. No soy el objeto percibido, sea externo o interno. Yo soy el que no se mueve, soy un centro de conciencia inmóvil alrededor del cual va desfilando todo; pero yo me confundo (me identifico) con cada cosa que desfila” (2).
Al iniciar la práctica del Atma-vichara, la mente comenzará respondiendo obviedades:
¿Quién soy? Primera respuesta: “Soy Fulano”. Pues no, Fulano. Ese es el nombre que te dieron tus padres. Una etiqueta.
Vamos de nuevo: ¿Quién soy? “Soy un hombre”. No, Fulano, ese es tu sexo pero no eres tú.
Entonces: ¿Quién soy? “Soy ingeniero”. Esa es tu profesión, claro, pero no eres eso (3).
Con el Atma-vichara se irán derrumbando todos argumentos de la mente y todo aquello con lo que nos identificamos. Dirá que somos de tal nacionalidad, de tal clase social, de tal raza, de tal religión, tratará de definirnos con todos los roles posibles y como último recurso argumentará que “somos todo eso” ignorando el sentido último de la pregunta.
Más allá de las respuestas que vayan surgien­do, la pregunta seguirá haciendo mella en nuestra conciencia y poco a poco el intelecto (incapaz de dar una respuesta certera) tendrá que dejar lugar a la intuición.
Quienes hayan leído bibliografía espiritual sabrán que la respuesta “correcta” a la pregunta es “Yo soy” o “Yo soy eso” pero ese “Yo soy” mental tampoco tiene mucha validez porque ese “Yo soy” necesita ser experimentado, encarnado. Mientras no se viva plenamente este “Yo soy” será una respuesta más de la mente y una muy hábil por cierto porque nos quiere convencer que hemos llegado a la respuesta definitiva y que hemos “despertado”.
Pues no, hay que seguir escarbando, preguntando e incluso cuestionarse: “¿Quién es el que pregunta?” o “¿Desde dónde surge la pregunta?” ¿Acaso será la propia mente que está jugando? El Vedanta Advaita dice que -de una forma paradójica- “el buscador es lo buscado”, como un círculo que termina remitiéndonos al verdadero “Yo” como punto de partida y punto de llegada, a esa identidad secreta que ha sido llamada de muchas maneras: el Ser Interno, el Morador Interno, el Maestro en el Corazón, el Yo Superior, el testigo silencioso, etc.
La pregunta “¿Quién soy?” necesita ser formulada con profundidad, seriamente, con serenidad, siguiendo el hilo de las respuestas que se vayan dando hasta el final a fin de atravesar la corteza y vencer a Maya, la ilusión.

Despertadores y pellizcos
Pero, ¿cuántas veces por día tenemos que realizar el Atma-vichara? ¿Una, diez, cien, mil?
El escritor australiano Mouni Sadhu, al hablar sobre su propia experiencia, decía: “Dondequiera que estuviese, el Vichara estaba conmigo: andando por la calle, sentado en autobuses y trenes, durante todo el día siempre que mi mente no estuviese ocupada inmediatamente en alguna actividad necesaria. Durante los primeros meses conté el número de preguntas, poniendo un número detrás de cada una. «¿Quién soy yo? (una), ¿Quién soy yo?» (Dos), y así sucesivamente. Cuando las circunstancias me forzaban a interrumpir el trabajo, anotaba el número en mi memoria, o si la interrupción tenía que ser más larga lo anotaba en un trozo de papel que llevaba en mi bolsillo con ese fin. Durante los primeros días la cifra más alta fue de 1.000. Posteriormente 7.000 y más resultó una marca fácil. Cuando aprendí a llenar todo momento con Vichara, excepto los de habla o de ocupación mental obligada, rechacé el proceso de contar como innecesario, pues para entonces la mente había aprendido a recordar el Vichara automáticamente. La parte importante no era repetir el Vichara con la mente, sino saturar cada pregunta con un fuerte deseo (sin palabras) de saber «¿Quién soy yo?» Entonces los resultados fueron la paz de la mente, y el poder de usarla conforme a mi propia voluntad, como una fuerza aparte del «Yo» individual” (4).
Más allá de la cantidad de veces que debemos hacernos la pregunta capital lo importante es trazar estrategias para la pregunta surja en varios momentos del día. Con este objetivo, algunas escuelas espirituales han introducido “despertadores” o “pellizcos” que consisten en la incorporación de algunos elementos novedosos (y ciertamente absurdos) que irrumpan en nuestra rutina diaria y que nos empujen a hacernos la pregunta capital: “¿Quién soy?”.
Esta técnica de los “despertadores” consiste en hacer cosas ciertamente absurdas como colocar un huevo de gallina en nuestro puesto de trabajo y cada vez que alguien nos pregunte nos pregunte “¿qué es eso?”… ¡riiiiiiiiiiiiiiing!, suena el despertador.
La lista de despertadores sugeridos es casi infinita: colocarnos medias de diferente color, pegar con cinta adhesiva una moneda en nuestro monitor, atarnos con un hilo dos dedos de la mano, caminar con un ladrillo en la mano, etc. La idea es que cada vez que nos sintamos “raros”, “absurdos” e incluso “idiotas”…. riiiing, suena el despertador y nos haremos la pregunta: “¿Quién soy?”
También podemos ponernos alarmas en el teléfono celular o directamente pegar un cartel en la heladera de nuestra casa con las iniciales Q.S. (¿Quién soy?). Además podemos proponernos hacernos la pregunta en algunas circunstancias particulares: cuando nos afeitamos, cuando entramos a la ducha, cuando atravesamos la puerta de casa, cuando encendemos el coche, cuando damos un beso a un ser querido, etc.
Las posibilidades son miles y la práctica de los despertadores hace añicos la vieja excusa de “no tengo tiempo”, la cual no tiene sentido cuando la práctica no necesita un espacio determinado sino que es la vida misma.

Conclusiones
El propósito fundamental de la Filosofía Iniciática es volver a la raíz, recordar, convertirnos en lo que somos, por lo cual necesitamos descubrir lo que somos, determinando primero que es lo que no somos.
No somos el personaje, somos el actor que interpreta al personaje. Como explica con lucidez Mónica Cavallé“El yo particular es lo que somos en el mundo, nuestra aparien­cia. El Yo universal es lo que somos en esencia. El yo superficial no es lo que somos ni en apariencia ni en esencia, sino «lo que cree­mos ser»” (5).
El Atma-vichara nos permite orientar nuestra mirada a la fuente, a ese punto de origen que hemos olvidado pero que -necesariamente- tenemos que recordar. Antonio Blay afirmó que “el camino del conocimiento busca conocer la verdad, pero no cualquier verdad, sino precisamente aquella que, una vez conocida, permite conocer todas las demás cosas” (6), y este conocimiento de la Verdad pasa -sí o sí- por el autoconocimiento.
Por eso dicen los Upanishads: “Conoce en ti aquello que, conociéndolo, todo se torna conocido” (7).

Notas del texto
(1) Maharshi, Ramana: “Sea como usted es”
(2) Blay, Antonio: “Autorrealización, una trayectoria personal”
***
(3) El Atma-vichara, planteado como juego, consta de cuatro preguntas. La primera es “¿Quién soy?” y responder durante tres minutos todo lo que nos venga a la mente. La segunda es “¿Quién soy?” pero la respuesta (también de tres minutos) no puede estar vinculada a cualquier conclusión que nos brinde nuestra imagen reflejada en un espejo, es decir que no vale decir “soy hombre”, “soy mujer”, “soy de raza blanca”, “soy joven”, “soy viejo”, etc. La tercera pregunta también es “¿Quién soy?” pero sin responder con datos biográficos, o sea que no sirve decir “Soy Juan”, “Soy Elena”, “Soy militar”, “Soy de clase media”, “Soy padre de familia”, “Soy gerente”, etc. Por último, la cuarta pregunta “¿Quién soy?” no puede ser respondida con asociaciones, creencias o pertenencias, es decir que no puedo decir “Soy republicano”, “Soy demócrata”, “Soy católico”, “Soy judío”, etc. Este juego se puede realizar en grupos, sobre un gran círculo dividido en cuatro partes donde está escrita la gran pregunta y donde los participantes van pasando cada tres o cuatro minutos de cuadrante en cuadrante y con los ojos cerrados a fin de responder el “¿Quién soy?” con las condiciones ya estipuladas.
(4) Sadhu, Mouni: “En días de gran paz”
(5) Cavallé, Mónica: “La sabiduría recobrada”
(6) Blay, Antonio: “Maha Yoga”
(7) Mundaka Upanishad

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