Centro Holística Hayden

Escuela de Autoconocimiento personal y espiritual

Master Reiki Usui - Master Reiki Karuna - Master Reiki Egipcio Seichim - Terapeuta Holística - Facilitadora espiritual - Numeróloga Evolutiva Humanista.

A través de estas herramientas te encuentras con tu verdadero Ser...aqui estamos....esperando darte la mano.........

8 de julio de 2018

Dios nunca parpadea-Lección 5, 6, 7


LECCIÓN 5
La vida es demasiado corta como para perder el tiempo odiando.

Los niños no habían visto a su papá en diez años. ¿Quién podía culparlos? Y tampoco habían hablado con él en cuatro años, pues no quedaba nada más que decir.
Su papá jamás dejó de beber. Como muchos adictos, dejaba el alcohol, pero siempre regresaba a él. Podía estar sobrio, pero jamás podía permanecer sobrio.

Mi amiga Jane intentó que el matrimonio sobreviviera a pesar de las promesas rotas y la cuenta de banco vacía. Mientras ella levantaba en todos sentidos a los niños; él levantaba la botella.

Jane permaneció junto a él durante veinte años. Era un gran tipo cuando no bebía. Tenía un gran corazón y los hacía reír. No era ofensivo, y su único delito era el abandono. Él no podía conservar ningún trabajo y, por lo tanto, tampoco pagar las facturas. No podía hacer su parte en nada, lo que los llevó a perder definitivamente su casa.


Finalmente, un día Jane dejó lo que quedaba del matrimonio. Para el momento en que se divorciaron en 1979, los hijos ya eran adolescentes. La hija mayor tenía 17, el hijo tenía 15 y la hija menor, 13. Pasaron los años. Su papá aparecía muy de vez en cuando en sus vidas. Pasaban años sin que los llamara por teléfono. Y aunque trataba de rehabilitarse, siempre volvía a caer en la adicción.

Gradualmente se desvaneció por completo de sus vidas. Pasaron diez años sin una visita, cuatro años sin una llamada. Un día de primavera el teléfono sonó. Alguien de un hospital en Parma, Ohio, buscaba al pariente más cercano.

El hijo llamó a su madre. Jane sintió como si alguien le hubiese dado un golpe en el estómago cuando escuchó a su hijo decir: “Papá tiene cáncer terminal”.
Pero algo extraño sucedió. Todos los años de dolor y enojo desaparecieron.
Su antiguo esposo no tenía dinero ni familia, pues no se había vuelto a casar. Tampoco conocía a sus seis nietos. Se encontraba en mal estado y llevaba una semana en el hospital. Ellos no se habían enterado de una cirugía previa a la que tuvo que someterse por la enfermedad. Era evidente que no duraría mucho.

Ella condujo a los hijos al hospital, pero no entró en la habitación. Jane se volvió a casar y había formado una nueva vida. Ella no había visto a su primer esposo en veinte años y no quería molestarlo con su presencia, tampoco quería sentirse afectada y no tener la fortaleza para apoyar a los hijos.

Al estar sentada afuera de la habitación, pensó en lo que tenía que hacer. De regreso a casa, ella les dijo a los hijos que pagaría todos los gastos médicos. Después ayudó a pagar una estancia para enfermos desahuciados. Jane fue con sus hijos todos los días a visitarlo, pero jamás entró en su habitación, no era su lugar.

En los días que le quedaban, él y sus hijos volvieron a unirse como familia. Los resentimientos se diluyeron. Cuando hablaban del pasado, exprimían los recuerdos para rescatar los buenos tiempos.

Ellos le dijeron que lo querían, y descubrieron que era cierto.
Ella y los chicos planearon el funeral, eligieron el ataúd, escogieron las flores.
Decidieron que no habría velorio, pues no querían deshonrarlo con una sala vacía o con visitas que les hicieran demasiadas preguntas sobre aquellos años perdidos.
Querían que muriera como no había podido vivir: con dignidad. Cuando murió aquel día de junio, todos descubrieron una nueva sensación de paz. Habían sido liberados y él también, pues ya no sufriría ni de cáncer ni de alcoholismo.

La hija leyó un poema que escribió. Otros compartieron recuerdos felices. Mi amiga les agradeció a todos por venir. Ella pagó todo: las cuentas de hospital, la casa para enfermos terminales, el funeral, las flores.

Cuando le pregunté por qué había hecho tanto esfuerzo por ayudar a un hombre que la había lastimado tanto, Jane dijo que la razón era sencilla: “Él era su padre”.
¿Cómo puede llegar alguien a tal lugar de perdón y amor?
Para unos, es gracia pura; para otros, trabajo arduo.
Para aquellos que no han recibido esa gracia, hay unos consejos para dejar ir los resentimientos en el texto básico de Alcohólicos Anónimos. Es una solución que funciona para todo aquel que esté dispuesto a ponerla en práctica. El libro dice que una vida que incluye profundo resentimiento sólo conduce a la futilidad y la infelicidad. Los resentimientos, dice, nos impiden recibir la luz del Espíritu.

En el capítulo “Libertad del cautiverio”, una persona comenta un artículo escrito por un ministro. Esto es lo que él dice sobre los resentimientos:

Si tienes un resentimiento del cual quieres liberarte, reza por la persona o la cosa a las que les tienes resentimiento, y serás libre. Si pides en tu oración que todo lo que quieres para ti les sea otorgado a ellos, serás liberado. Pide por su salud, su prosperidad, su felicidad, y serás libre. Incluso cuando en realidad no lo desees, y tus oraciones sean sólo palabras, de todas maneras hazlo. Hazlo todos los días durante dos semanas, y descubrirás que tu intención cambia, y te darás cuenta de que donde solías sentir amargura y resentimiento y odio, ahora sentirás un entendimiento y un amor llenos de compasión.

Yo lo he probado. Los resultados son sorprendentes.
En ocasiones, cuando me siento realmente confundida, debo rezar por la disposición de rezar por la persona. Siempre la obtengo.

¿Quieres liberarte del enojo, el odio y los resentimientos? Debes liberar primero a otros. Al liberar a su primer esposo, Jane se liberó de la primera parte de su vida, y sus hijos se liberaron por el resto de sus vidas.

LECCIÓN 6

No te tomes tan en serio.
Nadie más lo hace.
Anímate. Eres demasiado vehemente. No te tomes tan en serio.

Yo solía oír eso todo el tiempo. De familia, amigos, compañeros de trabajo y cualquier extraño que me escuchara por más de cinco minutos.
¿De qué hablaban? Yo no tenía ni idea, hasta que la vida me desgastó, y me rendí. Necesité décadas antes de poder ondear la bandera blanca y encontrar la paz en la imperfección.

Nací con la idea de que tenía que ser perfecta en todas las cosas, porque muy en el fondo sentía que no era buena en nada. Toda la vida mi cerebro ha enviado falsas señales de advertencia, constantemente me dice que no soy perfecta, que he fallado. Mi cerebro es daltónico, ve las cosas en blanco o negro, sí o no, correcto o incorrecto, todo o nada. La materia gris entre mis oídos no puede discernir que hay matices en la vida, que el mundo no es una clase en la que te califican como aprobado o no aprobado.

Un día finalmente entendí que estaba más nerviosa que un dálmata en un incendio gigante. Había pasado semanas trabajando en una historia para una revista, y acababa de aparecer en el periódico dominical. Había tenido que hacer docenas de entrevistas y reescrituras para que saliera perfecta.

Entonces, el teléfono sonó. Uno de los sujetos me agradeció por el artículo, pero mencionó que había escrito mal su nombre. ¿Qué? Había verificado dos y tres veces cada hecho y ortografía. De alguna manera, un nombre se me había escapado.

Enterré mi rostro entre las manos y lloré en mi escritorio. La historia tenía más de tres mil palabras. Había escrito mal una sola palabra, pero me di a mí misma una calificación reprobatoria.

Cuando una colega en la sala de redacción vio mis lágrimas, corrió hacia mí.
—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? —preguntó, preocupada de que alguien hubiera muerto.
—Escribí…mal…un…nombre —sollocé.
Ella me miró sorprendida.
—¿Eso es todo? —dijo, moviendo la cabeza y alejándose. La mirada en su rostro me paró en seco. Anímate, escuché. Sólo que esta vez no hablaba nadie en el exterior. La voz provenía de mi interior.

Al tomarme tan en serio también me convertí en una trabajadora obsesiva. No podía delegar ninguna tarea, sin importar lo pequeña que fuera. Todas tenían que hacerse a la perfección, y sólo yo sabía la mejor manera de completarlas. Hacía listas infinitas de pendientes, pero olvidaba mis propias necesidades básicas, porque el mundo no podía girar sin mí. Así era yo de importante.

Las plantas de mi casa eran grandes indicadores de que mi vida y mi ego estaban fuera de control. Las plantas eran como esos canarios enjaulados que los mineros solían bajar a las profundidades para detectar cuando el aire era venenoso. Cuando el pájaro estiraba la pata, era momento de salir.

Cuando mis plantas estaban por marchitarse, sabía que debía salir por un poco de aire, revisar mi vida y desacelerar mi búsqueda de la perfección. Si mis plantas mostraban señales de abandono, probablemente también necesitaba pasar más tiempo con mi hija. Gracias a Dios que nunca tuve mascota.

Hubo muchas señales que me decían que me animara, desacelerara mi paso y me concentrara en lo que realmente importaba. Como cuando fui a recoger un vaso sucio y no pude porque estaba pegado en la mesa. O cuando de emergencia terminé yendo a comprar a la tienda de la esquina pan, leche, papel de baño y Tang, que en mi casa era un alimento básico, y ya no teníamos. (Mi hija solía empacar casi todos los días el mismo sándwich —crema de cacahuate en pan integral con Tang espolvoreado en él—, una herencia de mi juventud.)

Ser madre soltera significaba que nadie más iba a hacer las compras. Si yo no apartaba una hora de la noche, mañana o fin de semana, terminábamos limpiándonos con kleenex en lugar de papel de baño, o peor.

En varias áreas yo ya había metido el freno. Desayunaba antes de salir de la casa, pues tiempo atrás solía manejar un auto estándar mientras comía papas fritas. Tuve que ponerle cubiertas a los asientos para esconder las manchas de la comida que perdía su camino entre el plato y mi boca.

Adquirí un nuevo auto y una nueva regla: no comer ni beber detrás del volante. Hasta la fecha, la he roto por comer sólidos, pero no líquidos. (Desplegaba un periódico en mi regazo para atrapar las moronas.)

También sobrepasé el límite de velocidad. Un juez y dos multas de cincuenta dólares en menos de seis semanas no fueron suficientes para convencerme años atrás que habría sido económicamente más viable salir de mi casa diez minutos antes que superar por 15 kilómetros el límite de velocidad. Fue cuando el seguro de mi auto aumentó su precio que juré obedecer la ley. Cuando la gente que va conmigo se queja de que manejo muy lento, lo tomo como un halago.

De vez en cuando, todavía recibo magulladuras por tener tanta prisa en vivir esa vida perfecta y elusiva que había planeado en mi agenda. Mi cuerpo algunas veces está tres pasos por detrás de mi cerebro. Paso demasiado rápido a través de una puerta y golpeo mis caderas. Rodeo una esquina y olvido que mi trasero todavía no ha pasado. Los archiveros son los peores. Las esquinas dejan moretones que más tarde se convierten en un caleidoscopio de colores.

Pero eso no es nada comparado con el moretón que se formó en mi ego cuando, un día, fui humillada en público por no tomarme el tiempo de desvestirme adecuadamente. Solía desnudarme rápido porque tenía prisa de hacer algo más importante. No me quitaba los calcetines, los pantalones, las medias o la ropa interior uno por uno. Lo hacía de un tirón. Los calzones y los calcetines terminaban enterrados en algún lugar de los pantalones.

Ese día me puse un par de pantalones aprisa y corrí hacia la puerta. Era un cometa de presunción que volaba a través del día, tenía que hacer a un lado cosas importantes para poder hacer cosas más importantes. Una de ellas era comprar unas cuantas provisiones. Cuando me bajé del auto en el estacionamiento del supermercado, sentí algo suave en mi talón, al principio refunfuñé, pensando que era excremento de perro. Volteé a ver hacia abajo y detecté una protuberancia café, eran unas medias de mujer. Me agaché para levantarlas y vi que estaban anudadas a algo que colgaba de la pierna de mi pantalón.

Confusa, jalé y jalé y jalé, sintiendo que algo reptaba por mi pierna hasta que sostuve un par completo de medias en mis manos. Ante mi horror, un hombre había observado la recuperación desde la banqueta. El momento se congeló como una foto Kodak para recordarme siempre que debo animarme, pero desacelerar el paso.

De vez en vez, me pego contra los archiveros, pero el incidente de la media no ha vuelto a repetirse. Una vez descubrí un bulto en mi muslo, metí las manos dentro de mis jeans y encontré un calcetín sucio que había quedado ahí la última vez que lo usé.
Quizá debí de haberlo dejado para amortiguar los golpes.

LECCIÓN 7

Paga tus tarjetas de crédito cada mes.

Mi papá pagaba todo en efectivo. Si no tenía efectivo, no necesitaba el artículo.
Era hojalatero, reparador de techos o reparador de chimeneas, dependiendo de la época del año.
Instalaba canales para el desagüe y restauraba techos en el verano; reparaba ductos de calefacción y chimeneas en el invierno.
Nunca supe cuánto ganaba. Lo poco que tenía, lo designaba al mantenimiento de sus once hijos.
Basta con decir que no teníamos muchos artículos extra de niños, pero sí todo lo que necesitábamos.

Papá jamás dijo “No nos alcanza para esto”. Yo jamás escuché las palabras “No tenemos el dinero suficiente para aquello”. Él veía lo que queríamos y decía: “No lo necesitan”. Y estaba en lo correcto, por supuesto que no lo necesitábamos, simplemente lo deseábamos. Con esto, él nos enseñó a manejar nuestros deseos.

Postergué obtener mi primera tarjeta de crédito hasta que la necesité para hacer una reservación de hotel. El uso de la tarjeta me desconcertaba. Nadie me había enseñado nada sobre comprar a crédito.

Una vez pagué toda la cantidad que debía una semana más tarde. Me imaginé que pagar toda la cuenta era más inteligente que pagar el mínimo mensual. En el siguiente estado de cuenta noté el recargo de 25 dólares por haberme pasado de la fecha de vencimiento. Si hubiera pagado parte de la cuenta a tiempo, no me habría costado 25 dólares. Lección aprendida.

Tardé más en digerir la parte de los intereses. Me tomó tiempo darme cuenta de que un abrigo de invierno adquirido en una oferta en realidad no tenía descuento si, seis meses después, yo seguía pagándolo a un interés del 14 por ciento.

Empecé a ver todo de manera desglosada en esa factura mensual. Si hubiera pagado en efectivo por la mayoría de lo que estaba enumerado, habría tomado distintas decisiones. Es fácil sacar el plástico para pagar una comida de 30 dólares, en lugar de tener que dar tres billetes de diez. Pagar en efectivo te hace pensar en saltarte el aperitivo y el postre. Cuando saco dinero real de mi cartera para pagar 60 dólares por un par de jeans que quiero —pero no necesito—, siento instantáneamente la herida y algunas veces decido no comprar los pantalones. Cuando uso la tarjeta de crédito, no siento ningún dolor hasta que la factura llega. Para entonces, ese dolor me hace llorar; para entonces, es demasiado tarde.

La mayoría de nosotros derrocha un dólar aquí, cinco dólares allá. Eso, al final, suma cientos o miles cada año. Muchos de nosotros pensamos, “Si tan sólo ganara más. Si tan sólo obtuviera el ascenso. Si tan sólo me casara por dinero”. He visto los programas del Dr. Phil y Suze Orman las suficientes veces como para saber que los problemas económicos nunca giran en torno al dinero, sino en cómo piensas y te comportas con respecto a él. Eso lo puedes cambiar.

Actualmente, la mayoría de la gente ha escuchado sobre el factor Latte. En The Finish Rich Workbook (Cuaderno de ejercicios para ser rico), el autor David Bach escribe que si gastas 3.50 dólares cada día en un café latte, eso da como resultado 24.50 dólares a la semana. Si invirtieras esa misma cantidad con un 10 por ciento de interés anual, tendrías 242,916 dólares en 30 años. Yo nunca he pedido un latte, pero el concepto puede aplicarse a cualquier cosa. Al mío, lo llamo el factor Oreo.

Ahorrar 50 centavos al día suma 15 dólares al mes. Si compras un litro menos de refresco a la semana, ahorras 6 dólares al mes. Si llevas tu almuerzo al trabajo, acumularás 60 dólares al mes. Si comes fuera dos veces menos al mes, ahorrarás 30 dólares. Si puedes evitar que rebote uno de tus cheques, son 20 dólares. Paga a tiempo las tarjetas de crédito para evitar una multa de 25 dólares.
Todo eso suma 1,872 dólares al año.

Empecé a apuntar cuánto gastaba en comida chatarra de maquinita, supermercados, restaurantes, cafeterías y tiendas de abarrotes. Las papas fritas, el refresco, los chocolates y las galletas no parecían costar mucho hasta que hice la suma. El resultado dio 30 dólares a la semana. No podía creerlo. El libro me convenció de comer menos comida chatarra y ahorrar el dinero que dilapidaba en antojitos.

También me convenció de poner una nota en mi cartera con las siguientes palabras: Paga en efectivo. Espera 48 horas. Antes de gastar 100 dólares en cualquier artículo que no es urgente, espero dos días para pensar si lo necesito realmente o sólo lo deseo.

Ya no cargo con deudas de tarjeta de crédito. Jamás. Si compro algo caro y lo cargo a la tarjeta, cuando llego a casa escribo un cheque por esa cantidad a la compañía de la tarjeta. Algunos meses envío hasta cuatro cheques, pero no me duele cuando llega la factura. Ya pagué mental y físicamente.

Salir de las deudas no sucede ganando la lotería, pregúntales a todas las personas que la han ganado y dilapidado cada centavo. Salir de la deuda empieza con un cambio en tu pensamiento, y después en tu comportamiento. Empieza con pasos pequeños, empieza separando tus deseos de tus necesidades.

Alguna vez escuché sobre una mujer que ahorraba cada moneda de 25 centavos que recibía, pues tenía en mente los 10 mil dólares que costaba la colegiatura universitaria de su hijo. Otra mujer ahorró el 10 por ciento de todo lo que ganaba, incluyendo dinero de Navidad y cumpleaños. Aunque sólo ganaba 5,800 dólares al año, pudo ahorrar 400 para una recámara nueva.

Una mujer dejó de fumar y después de nueve años compró un sistema de aire acondicionado, una nueva chimenea y alfombras para su casa con los 100 dólares que ahorró al mes. Todo ese efectivo solía desvanecerse en el humo. Otros me han dicho que ahorran 10 dólares a la semana en una cuenta que tienen para los gastos de Navidad. Hay quienes ahorran utilizando cupones del supermercado.

Otra mujer puso en la sala un gran recipiente de vidrio con una etiqueta que decía “Vacaciones a la playa”. Cuando sus hijos querían dinero para helado o dulces, ella les recordaba que podían elegir entre las golosinas o las vacaciones. Para el momento del viaje, la familia había ahorrado la mitad de lo que costaba. Los niños aprendieron una lección en la toma de buenas decisiones y, ciertamente, tenían más disciplina que mi esposo y yo. Nosotros solíamos aventar el cambio en un galón de agua vacío que teníamos en nuestra recámara. Nos tomó seis años llenarlo, pero cuando lo hicimos, contamos 1,300 dólares.

Vivir una vida abundante no significa ganarse la lotería, casarse con alguien rico ni obtener un ascenso. Empieza con un cambio en la conciencia y, a partir de ahí, se esparce. Lo primero es saber que lo que quieres no es siempre lo que necesitas, y con frecuencia ni siquiera es lo que realmente deseas. Empieza con tomar decisiones inteligentes que conduzcan a una gratificación a largo plazo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario