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15 de noviembre de 2018

Claves estructurales de la carta de Argentina


Alejandro Lodi
(Octubre 2018)

En astrología mundana, al Sol se lo asocia con “las figuras gobernantes” y a la Luna con “el pueblo”. En el mapa de Argentina el líder gobernante aparece “allí en lo alto” y la masa popular “allí en lo bajo”:
Sol en Cáncer en Medio Cielo en oposición a Luna en Capricornio en el Fondo de Cielo.
Es una estructura que habla de un vínculo entre gobernante y pueblo que destaca lo afectivo, la necesidad popular de satisfacción de carencias y de establecer una relación paternal con los mandatarios, de sentir en las figuras ejecutivas cualidades de bondad, protección y cuidado, “tal como los padres quieren a sus hijos”.

Ver esto permite comprendernos (incluso ser compasivos con nosotros mismos) en nuestra tendencia casi adictiva a los caudillos y líderes carismáticos (más patriarcales o más matriarcales). No toleramos simples administradores como figuras gobernantes, sino que necesitamos sentir que nos quieren y que están dispuestos a satisfacer nuestras necesidades a partir de una bondad que les es inherente por sus excepcionales cualidades humanas. El punto es que las necesidades afectivas de Luna en Capricornio suelen ser, por tan postergadas, un tanto desmedidas y, en ese punto, imposibles de satisfacer. Por lo cual, recurrentemente se habrá de llegar a un momento de frustración, de fin de la abundancia generada por la gracia benefactora del líder-padre-madre, y de retorno a la sensación de carencia. En verdad, la clave sería que aquellas necesidades materiales y emocionales de la Luna en Capricornio tuvieran posibilidad de madurar, de saber ser expresadas sin demandarlas de modos infantiles, templando sus legítimas y orgánicas necesidades en el vínculo con la realidad y con los otros. Pero tal maduración es, justamente, lo que queda impedido en el abrazo protector paternalista-maternalista. Del mismo modo que ocurre con los padres sobreprotectores, el liderazgo del caudillo patriarcal-matriarcal necesita sentir (y mantener) al pueblo en la posición de hijos carenciados y agradecidos.
Este contenido de la carta natal de Argentina resulta muy complejo para organizarse como sociedad republicana y democrática, porque –por su propia naturaleza- es mucho más funcional a una sociedad feudal. Creo que es muy obvia la característica de auténticos “señores feudales” que han mostrado (y muestran aún) nuestro caudillos regionales. Quizás esto parezca raro para quienes viven en centros urbanos, pero en el interior de las provincias la figura del patriarca es muy vigente: un individuo querido y temido en cuya voluntad personal se sintetiza las decisiones ejecutivas, la sabiduría de las leyes y la fuerza para hacerlas cumplir. Ese tipo de figuras siguen ganando elecciones en la actualidad.
Ese núcleo canceriano-capricorniano resulta, entonces, mucho más afín a un tipo de sociedad pre-democrática, antes que democrática. ¿Por qué? Porque valora a la voluntad del líder paternal-maternal antes que a la ley. Bajo la convincente sensación reparadora y protectora de su mando afectivo, preferimos sacrificar la ley antes que cuestionar su deseo. Las decisiones del líder no pueden subordinarse a acuerdos colectivos, la urgencia de su acción providencial no puede demorarse en pactos preexistentes.
Pero existe otro componente de la carta de Argentina que, en principio, antagoniza con el recién mencionado:

Ascendente en Libra.
Júpiter en casa I.
Venus, regente del Ascendente, en casa IX.

Aquí tenemos a una figura ilustrada, con vocación de guía y que valora el progreso. Es el progresista ilustrado, atraído por los principios trascendentes y el conocimiento, y que mira más “hacia afuera” que “hacia adentro”. Lo extranjero le suena a “progreso” y lo propio a “atraso”. Encandilado por el futuro, suele despreciar las profundas razones históricas de su comunidad local. Su voluntad de cambio puede subestimar inerciales resistencias. Más próximo a la razón y al mundo de las ideas, puede resultar indiferente a las necesidades afectivas y a la experiencia concreta del contacto humano. Y, así, en virtud de su afán por liberar las corrientes del progreso, puede justificar atrocidades o ser insensible a ellas.

Creo que ambos contendidos astrológicos son visibles en nuestra historia. Por un lado, un nacionalismo muy celoso de lo propio, que prefiere cerrarse antes que vincularse con el mundo, porque siente que abrirse es contaminarse, subordinarse o someterse. Y por el otro, una nación ávida por ser de avanzada, por participar del más moderno de los progresos y ser reconocida en una posición de privilegio. Es el anhelo de “ser la más europea de las naciones americanas”, una nación “del primer mundo”.
Estas dos dimensiones pueden entrar una relación de tensión, en un conflicto excluyente en el que cada una intenta imponerse y anular a la otra. O pueden aprender a establecer un vínculo dinámico, una circulación oscilante que exprese -y permita- una constante inclusión y síntesis de ambas. Por cierto, el hechizo de la polarización, de llevar a un extremo la tensión, es muy vigente aún. Es evidente que nuestra historia deja de manifiesto nuestra incapacidad para acordar entre estas dos visiones. Es más, quizás estemos convencidos de que no se puede. Y esa incapacidad (o ese convencimiento) se ha cargado de violencia. Ha primado mucho más el anhelo de exterminio del otro que el de encuentro creativo.
Y aquí quiero presentarles una hipótesis. 

Esta tensión entre las dimensiones canceriana-capricorniana (cerrarse valorando lo propio y querido) y jupiteriana-venusina (abrirse valorando lo externo y novedoso) se alimenta de un hechizo de absoluto simbolizado por otro contenido de alta sensibilidad al sacrificio purificador y a la transformación redentora:

Plutón en Piscis en casa VI.
Plutón en cuadratura a Neptuno en Sagitario.
Júpiter en Escorpio en casa I.

Este contenido se vincula al inconsciente profundo, a la experiencia transpersonal, a un talento transformador y curativo con una alta empatía compasiva. Pero también puede expresarse en una sacralización de la violencia… Cuando la conciencia colectiva es tomada por esta carga en grado extremo de polarización, se excita entonces la fantasía de exclusión definitiva del otro, del sometimiento final del derrotado a la voluntad absoluta del polo vencedor, de la salvación a través de grandes épicas o de escarmientos ejemplificadores.

Envueltos en el hechizo del antagonismo excluyente se genera la convicción de que se tiene que estar “de un lado o del otro”. No hay espacio para negociaciones, sólo para rendiciones incondicionales o derrotas heroicas. Pactar es vivido como traicionar ideales. El pacto, la negociación y el acuerdo están descalificados. El triunfo de la voluntad de un polo es considerado un valor absoluto.
Pacto, negociación y acuerdo son, en verdad, los principios básicos de la democracia. Pero cuando este contendido absolutista excita a aquellas dos dimensiones destacadas de la estructura natal de Argentina, ambos polos se alejan de los valores democráticos: la veta más nacionalista -celosa de lo propio y sensible al culto de personalidades fuertes y dominantes- deriva hacia modos de organización pre-democráticos propios de las sociedades feudales, mientras que la veta más progresista -abierta a la ilustración cultural y al desarrollo económico- termina por subestimar las condiciones locales y las necesidades sociales. Ajenos a los valores democráticos, polarizados por la excitación del hechizo excluyente que propicia el núcleo neptuniano-plutoniano, el polo canceriano-capricorniano tiende a entronizar autoritarismos personalistas y el polo jupiteriano-venusino a conformar republicanismos elitistas. Un circuito cerrado -un doble vínculo- del que sólo puede salirse por agotamiento vivencial y transformación comprensiva; es decir, por necesarias repeticiones que obliguen a ver vinculado aquello que se necesitó ver separado, ver en dinámica de polaridad aquello que se necesitó ver polarizado.

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